miércoles, 12 de diciembre de 2012

ILHA DE TAVIRA


En cuanto pisé la isla me sentí lleno de inspiración. A cada paso me asaltaban visiones que desde el primer momento  me parecieron demasiado profundas para ser mías. Por ello me entraron las urgencias por transferir al papel lo que veía, no fuera que se me fuera el santo al cielo al paso de una sorprendente y nueva revelación. Tener una idea genial y olvidarla al instante es mi peor pesadilla. Mi segunda peor pesadilla es recordar la idea y comprobar que no era tan buena o que, mejor pensado, era un valiente desatino. Si la inspiración me llegase con frecuencia, llevaría siempre conmigo cuaderno y estilográfica como he visto hacer a mucha gente, sentada en los bancos del parque, en las estaciones de tren y en las terrazas de los cafés parisinos. Por eso, porque casi nunca se me ocurre nada genial,  tengo que recurrir a las consabidas servilletas de papel, a mis rodillas en modo mesa, y a los bolis que regalan los sindicatos. Una mierda de bolis.

Pero en la isla de Tavira la suerte me sonrió y empecé a pensar en ella como una moneda, cara y cruz, metáfora de la vida y de sus reinos gobernados por el azar. Un gran hallazgo. De inmediato me lancé a elaborar el discurso al que, por sus connotaciones marinas, denominé provisional y genéricamente plus ultra. La cara sur de la isla se enfrenta al mar abierto desde una playa desierta conquistada por olas terribles y testarudas llegadas del fin del mundo, reluciente la arena en la retirada de las aguas, horizonte curvado como el espacio y el tiempo. Y así sucesivamente. Me sentía pletórico. Ni un papel a mano. Busqué urgentemente los resguardos del billete del barco que nos llevaría de regreso a tierra firme para poder describir estos primeros golpes de luz y de paso asegurarme de que no perderíamos el último barco a Tavira. Comprendo que es prosaico preocuparse por la vuelta al hotel cuando uno está en vena, pero la isla permanece deshabitada en invierno y nada hay más desolador que pasar la noche entre hidropedales varados en una isla desierta. Un ticket de barco no da para mucho. Quise ser selectivo y trascribir lo imprescindible.  Apoyé el ticket en mi rodilla, pinché con demasiada fuerza el papelito, tuve mi tercera peor pesadilla al perforar el papel con la punta del boli de CCOO, acto fallido por excelencia, y como consecuencia retrocedí a mi  primera peor pesadilla: se me fue la idea seleccionada para ser transferida al papel y por tanto al mundo, al futuro, a mis biznietos sentados en la taza del váter leyéndome y preguntándose qué le pasaba al abuelito, maldije mi suerte, me volví a Rebeca, y de pronto, sin que ella entendiese nada y confirmando así su idea de que me estoy haciendo muy mayor a pesar de la alterofilia y los largos de piscina en verano y de que las golondrinas de la razón, de mi cabeza no volverán sus nidos a colgar, le dije pues:  mi amor, para Reyes quiero un cuaderno de notas sin usar y una estilográfica aunque sea de las modernas de cartucho. Ella me miró desazonada y  yo, sin duda impactado por su rictus de desconsuelo, recuperé por un momento la visión y por fin escribí: Sur. Cara al mar. Las olas se follan la playa. La playa, por su aspecto resplandeciente cuando la ola se retira, parece satisfecha. Cuando se va la ola quiero estar sola. Recuerda, nueva metáfora. Es cuanto pude escribir.


Buscar la cruz en la isla fue muy sencillo. Todo resulta allí previsible, como un menú de bar barato, apenas un checklist. Tenemos el embarcadero y el barco que viene y que va cargado de personas que acarrean sueños, cañas de pescar, sombrillas y neveras llenas de comida envasada del hiper. Aquí el más allá está muy cerca, apenas media milla con la marea baja. En verano me atrevería a cruzar a nado, incluso a pié. Calzando unos zapatos de goretex no creo que llegase a hundirme bajo el peso de vuestra sabiduría, abandonado,  como una piedra. Desde la cruz de la isla puedo ver luces blancas y amarillas a lo largo del paseo marítimo, fábricas de salazones y conservas, anzuelos oxidados en el suelo que pinchan bicicletas, grupos de incautos y reclamos de neón para ellos,  luego casas y después montes, y más allá nubes y atardecer. Mucho más cerca hay arenas marrones cubiertas de cañas y de algas, afluentes, alguna botella de plástico y una silla de ruedas que cría mejillones en el fondo turbio. Un Lázaro curado y eufórico arrojó su cruz a la mar inmensa. Aquí en la cruz de la isla no tengo visiones ni pesadillas ni me hacen falta el papel, las rodillas o el bolígrafo. Aquí saco fotos y más fotos pero me siento inerte y pesado.

martes, 20 de noviembre de 2012

SULTAN DE ESTAMBUL


De los viajes sólo recuerdo a los perros que he tenido el honor de conocer. Este es Sultán. Yo le he regalado el nombre. Se lo merece. Es un perro callejero que anda a su aire, sin correa ni bozal. Conoce lo más interesante de Estambul: donde se ubican los contenedores de basura de los mejores restaurantes de la ciudad. El se encarga de asignar las estrellas michelín de las sobras. Le pedí que me hiciera un tour con sus favoritos. Fue apasionante: compartimos entrecots poco hechos y solomillos de buey armenio. Luego bebimos agua de una fuente pública y le pedí posar para la foto. El es Sultán de Estambul. 

viernes, 16 de noviembre de 2012

VAQUEROS... A LA PISTA

Dios bendiga y proteja cada rincón de los verdes carriles bici que surcan estos llanos resecos. Pistas paralelas donde los cruces son imprevisibles. La vida aquí transcurre en otra dimensión. El tiempo justo para echar un vistazo fugaz a la máquina y otro al jinete. Los triciclos no abundan en la pista. Encontrarse con un vaquero en chándal a bordo de un triciclo solo puede traernos ventura y alegría en un día como este. Cualquier día. Es un buen augurio. Aupa campeón. ... y una canción para la ocasión...Cowboy of dreams 

LA CIGARRA Y YO


La flauta del afilador se llama chiflo. Me quedo un rato más en la cama, narcotizado por la repetición de la misma escala una y otra vez. Debe hacer frío ahí fuera. El cielo parece de cristal.  ¿Sábado? El afilador sólo nos visita en sábado. Al cabo de un rato consigo levantarme mientras el afilador dobla la esquina. Estoy chiflao. Me pasa con las cigarras en verano.  No consigo ver ninguna a pesar de que no dejo de oír el batir de sus tambores. Las cigarras no cantan. Samaniego mintió. Tocan los timbales en la cámara de resonancia de su abdomen. Las hembras son silenciosas. Algo parecido me pasa con el afilador. Nunca lo he visto. Sí claro, todos nos lo encontrábamos cuando éramos niños, pedaleando para hacer girar la piedra redonda, o más recientemente subido cómodamente en el ciclomotor. Siempre lanzando el chorro magnífico de chipas. Qué gran espectáculo callejero. Y gratis. Pero desde que vivo en este barrio autista, oigo la música pero no veo al hombre ni sus chispas. Hoy me he levantado resuelto a buscar al afilador. He cogido la bici y he aguzado el oído en busca del sonido mágico del chiflo. Sabueso de barrio. Me ha costado mucho localizarlo. Como la cigarra. Se oye por todos lados pero nadie sabe donde está. Cuando por fin lo he alcanzado me he llevado una tremenda decepción. No hay bicicleta, ni moto, ni chiflo… Un coche con un altavoz repite en bucle infinito un chiflido grabado. Ahora me queda la duda de si la tamborrada de las cigarras en verano también está grabada, si es una gentileza del ministerio de medio ambiente para recrear el sonido que producía la reina del verano, la extinta chicharra. 

lunes, 2 de julio de 2012

MEDITERRANEO


En su éxito Colours, Donovan Leitch, Chato de Glasgow para el mundo de la farándula, prometía no utilizar jamás la palabra libertad en vano. Yo también soy muy prudente en el uso de algunos términos. Me ocurre, por ejemplo, con el verbo detestar… demasiado rotundo, áspero, irrevocable como un portazo.   He querido documentarme sobre el término antes de sacarlo a la pista. Pensaba que detestar sería, en otra época, sinónimo de decapitar y que en algún diccionario encontraría  la siguiente entrada: Detestar: arcaico. Cortar la cabeza. Decapitar. Pero una cosa es el aroma que uno cree percibir en las palabras y otra  el sabor que – como en los melones sin calar - encuentra al abrir el diccionario. Por  ejemplo, siempre pensé que diletante significaba lento en la toma de decisiones o que bizarro era en realidad Pizarro en uno de esos días en que la barba se le volvía inexpugnable a la espuma de afeitar  y a las cuchillas más afiladas. Ni una cosa ni la otra. Lo mismo me ha ocurrido con la palabra detestar.  Una breve inmersión en internet, propia del diletante que soy, me habla del origen indoeuropeo del término, emparentado con el árbol inglés, tree, y con el testigo y el testamento romanos. El detestado es aquel que, como el árbol mudo,  permanece ajeno a los hechos que presencia, expulsado por los dioses del centro de acción, devaluado a la condición de mudo testaferro. Don Tancredo en la corte del Rey Argeo.

Para mejor comprensión, debo ilustrar el caso con algo realmente detestable y merecedor de ser arrojado  con furia y con la venia de los dioses a las tinieblas exteriores.  Sin duda lo peor son las descripciones exhaustivas de las situaciones que aparecen en algunos textos.  Y si no soy un gran lector, ni tan siquiera pequeño,  es culpa de párrafos como este: el camino, apenas un sendero trazado en el vasto páramo, se veía cubierto de cantos rodados, primorosamente seleccionados y ordenados en geométricas formas, aquí poliédricos caprichos,  allá elipses concéntricas, y aún más lejos esferas reverberantes a la luz cenital, blancos en su mayoría y formando una suerte de pétreo tapiz flanqueado – ¡¡¡atención!!! - de cipotes, rododendros y abedules cuyas hojas amarilleaban por la inesperada y excesivamente madrugadora llegada del otoño.  Por allí transitaba cabizbajo y harapiento el hombre de la barba rala e hirsuta cabellera.… Entiéndase aquí cipote en su acepción de mojón de piedra. En contra de la intención del autor, y precisamente por lo detallado de la descripción, al protagonista le llevaría toda una vida, la suya propia, llegar a entender por donde estaba transitando y si el hecho de que los cipotes y los rododendros le salieran al paso, tendría alguna consecuencia en su vida, enfrentado, como todos lo estamos, a distinguir entre lo contingente y lo necesario. De ahí su bizarro desaliño.

¿Habrá alguien a quién le importe si la alfombra estaba flanqueada por rododendros o por arbustos del inevitable boj? El autor podría haber construido un micro relato, género tan en boga,  diciendo sencillamente que  el viejo, al percatarse de sus circunstancias – el sendero de cantos rodados, los cipotes, los rododendros y los abedules -  se sumió en un caos interior del que jamás saldría.

A lo que iba, y para no perderme en el espejismo hiperrealista, simplemente diré que sucumbí a los encantos de la vida a pleno sol, por fin descalzo, en las playas del Mediterráneo al que conocí allá por los años setenta. Allí encontré unas cuantas respuestas en el viento. Tal como me había sido anunciado, escondido tras las cañas dormía mi primer amor. La tierra de Marisol, la gran bola de fuego viajando a diario de levante a poniente ante mis ojos estupefactos, los pies clavados en la arena mojada, la imagen más vívida del desarraigo. Todo contingencia. Todo necesidad. Fin del misterio.  



viernes, 11 de mayo de 2012

ELLA ME PERTENECE


“… ella tiene todo lo que necesita, ella es una artista, ella no mira hacia atrás. Ella puede sacar la oscuridad de la noche y pintar el día de negro ”

Vuelvo por un instante a este amigo mío tan pesado…el de los dolores… Es buena gente, pero un poco cargante. Otra palabra de mi madre: cargante. No se si alguien más la utiliza. Me cuenta mi amigo el cargante que en otro tiempo aspiraba a ser artista, seguramente obsesionado por los enigmas encerrados en las letras de su admirado Dylan. Mi amigo siempre creyó ver algo de luz en aquel bosque inquietante donde convivían personajes tan estrafalarios como aquellos vándalos que se llevaron las mangueras de los surtidores con el hipnotizador coleccionista, o el coleccionista de hipnotizadores. Vaya usted a saber qué se había tomado esa noche Dylan. No creo que mi amigo llegara a sacar mucho en claro después de tantos años... pero en fin, él era feliz en aquella suerte de matrimonio aunque Dylan no le regalase jamás un ramito de violetas ni mucho menos de certezas. En un momento de euforia, antes de que las crisis empezaran a apretar más y más, se me vino arriba y aseguró que si Bob transitaba por el lado oscuro, él prefería el tendido de sol. Dijo entonces que había pensado sacar la luz del día y llevarla al corazón de la noche y añadió que en su último viaje a Egipto se había comprado  un anillo que emitía destellos cuando él hablaba… cosas así…. A mí todo esto me resultaba un poco patético pero también muy familiar, muy revisitado, como a él le gustaba decir a la dylanesca manera. A él, sin embargo, parecía reportarle alivio y por ello siempre lo di por bueno. 

Ahora está un poco mayor. Los dolores lo mantienen postrado y le impiden tomar altura. Dique seco dice. Tumbado en la cama mira la lámpara de 7 brazos que cuelga del techo y decide sobre diversas opciones: oveja saltando por el campo.El animalito tiene dos patas delanteras, dos patas traseras, la cola y la cabeza. No puede ser. Son 6 elementos. A la lámpara le sobra un brazo o a la oveja le falta una extremidad. Vamos a ver...una araña de siete patas… No. Demasiado fácil. 


Son muchas horas mirando al techo, hay que ser comprensivos. Me dice que ya solo espera que llegue la oscuridad y un viento helado se lleve el dolor. Aunque no deje nada a su paso. No le importa. Dice que ama las puertas de la noche, los sonidos del silencio o, en su defecto, los sonidos cristalinos de las Rickenbaker de 12 cuerdas (mi madre nunca podrá decir Rickenbacker), que sueña con cambiar la cama por el techo de una caravana y viajar tumbado, mirando las nubes y las estrellas... A pesar de que se pone un poco cargante con estas historias, yo le consuelo y le digo que eso que él desea es muy poético, que es un guerrero formidable tanto si está en pié como si pasa las horas tratando de descifrar el enigma de la lámpara en el techo, o recolectando hipnóticos, que definitivamente es un artista y sobre todo, que no mire hacia atrás. http://www.youtube.com/watch?v=UMqGqUcjYgs

martes, 17 de abril de 2012

TRUQUEMÉ

A la pregunta que todos me hacen - ¿por qué vas únicamente a exposiciones cuyos cuadros tienen marco y cristal? – siempre respondo: porque me gusta interactuar con la obra.
No soy buen paciente, ni espectador, ni lector. No puedo estar quieto o pasivo. Si el cuadro tiene cristal, este actúa como un espejo en el que me reflejo. De modo que estoy dentro y fuera del lienzo simultáneamente. Estoy dentro, como un elemento más del cuadro, oculto en el bodegón tras el manojo de cebollas, de la mano de la musa paseando despreocupado por el paisaje florido, en la marina respirando la brisa salada. Y estoy fuera, libre como el viento para hacer lo que me dé la gana… y si me apetece comer una uva del bodegón, pico y como, y si quiero tocar culo de musa, voy y toco. En el cuadro marinero puedo caminar sobre las aguas y no me hundo ante vuestra sabiduría como una piedra según cuenta Leonard Cohen que le pasó a Jesús. Si él se hubiera limitado a ir de exposiciones de cuadros con cristal otro gallo habría cantado, o simplemente se habría comido al gallo del bodegón de caza…desde fuera del cuadro, interactuando. … ¡¡¡ Y no habría Conferencia Episcopal!!!.
Yo, en cambio, sigo paseando por las aguas y si me canso, subo a la barca y charlo con Pedro o curioseo en las redes a ver que han sacado los pescadores. Como los jubilados en las obras !Coño ¡ Besugo…! y de buen tamaño… y así soy uno más en el lienzo… y todo desde fuera. Más complicado lo tengo ante la abstracción. ¿Qué hacer ante un Kandinsky? ¿Difícil eh? Aquí normalmente hago gimnasia rítmica o juego al truquemé y salto del círculo al triángulo o de la raya horizontal a la vertical. Yo comprendo que estos movimientos sorprenden un poco a los demás asistentes. Algunos se alejan de mí asustados. Pero en cuanto pillan de qué va la historia de los saltitos, pierden la vergüenza y empiezan ellos también a interactuar con los cuadros. Y así la solemne y aburrida exposición, se convierte en un fiestón en el que todos y todas se integran en sus obras favoritas. Anímate. El directo es la vida.

lunes, 9 de abril de 2012

EL MISMO BILBAO 2/2

Acababa de vivir mi primer terremoto. Seis con uno de la escala Richter anunciaría al día siguiente la televisión. Aunque allí estén acostumbrados a los temblores, el hecho de que mereciera unos minutos en el telediario japonés me hizo pensar que aquel meneo había sido algo más que la prescindible gentileza del hotel hacia sus huéspedes internacionales. Me consta que en algunos hoteles del centro de Tokio, escondido bajo el mostrador y al alcance exclusivo del recepcionista, existe un botón que activa leves sacudidas del edificio para regocijo de los turistas. Ya lo habían ensayado en el Titanic con los icebergs pero se les fue la mano con el volumen de hielo oculto bajo el agua. Ya se sabe, la punta del iceberg es engañosa. No era el caso. Esto era un terremoto-terremoto. Casi me parto la crisma al precipitarme por la escalera de emergencia desde el piso 22 al lobby. Llegué descompuesto pero todo parecía en orden, envuelto en una calma como de “Noche de Paz”. Suaves murmullos, charlas animadas y musho shushi en las mesas del restaurante. El recepcionista pronunció la palabra “normal” en varias versiones para asegurarse de que yo había entendido que aquello era normal. No obstante salí a la calle aún inquieto y ansioso por llamar a mi madre y contarle la experiencia. Cuando por fin ella contestó, y sin darme ninguna opción de contar mi historia, me hizo la pregunta de rigor, aquella que rompe el fuego en todas nuestras conversaciones: ¿qué tiempo os hace por allí? La misma pregunta que yo escuchaba al llegar al pueblo de veraneo (a su pueblo) después de un largo viaje en el coche de línea, allá en los lejanos veranos de la adolescencia. ¿Qué tiempo os hace? Ahora estaba en Tokio, pero recuerdo haber llamado desde Ashgabat o desde Gomel y haber recibido el mismo saludo: ¿Qué tiempo os está haciendo? Y ahora me extrañaba que lo formulase en plural porque yo viajaba solo. ¿Quiénes serían aquellos otros compañeros a los que se refería mi madre? ¿Tal vez los 15 millones de habitantes de Tokio? Y ¿qué significado oculto se escondía en su formulación? ¿No habría sido más lógico preguntar directamente: qué os está haciendo el tiempo? Así podríamos responder con rotundidad: el tiempo nos está dando por el saco muchísimo, si fuese el caso que durante nuestro fin de semana en la playa al cielo le diese por vestirse de gris.

Vuelvo a Tokio. Móvil pegado a la oreja y madre al otro lado del mundo. ¿Qué tiempo os está haciendo? Entonces miro al cielo y veo unas nubes grises bien perfiladas que me recuerdan los abdominales ondulados de un adicto al fitness. No me atreví a compartir con ella esta imagen que por un momento me pareció afortunada. Entonces suelto de forma atropellada: un terremoto. Ha habido un terremoto mientras trabajaba en el hotel. Y ella dice: vaya por Dios. Pues a ver si mañana levanta. Levantar el tiempo. Otra de sus frases. En el contexto que ella lo utiliza significa mejorar, hacer bueno, sapore di sale, sapore di mare, cosas así. Rebobino. Mamá, he vivido un terremoto en el piso 22 del hotel mientras escribía un email. Vaya por Dios. A ver si mañana os hace bueno. ¿A quienes? Ahora pienso que se refiere a mí en primer lugar pero también, y generosamente, a los 130 millones de japoneses que me rodean. Porque mi madre seguramente piensa que los tokiotarras, como los bilbainos, están poseídos por esta pasión desmesurada por escrutar los designios del cielo, hablar del tiempo a todas horas y hacer pronósticos, como quien, condenado a vivir en un ascensor, se ve obligado a sacar temas de conversación con todos los vecinos que suben y bajan. Y es que en Bilbao un terremoto no es fenómeno sismológico sino atmosférico. Me parece que mañana tendremos tiempo seco y soleado con sunamis ocasionales, comento al vecino que se sube en el cuarto. No se, no se, responde, he visto unos nubarrones con muy mala sombra que pueden traer chubascos dispersos y temblores moderados.

He pensado muchas veces en estas salidas suyas, las de mi madre, y a pesar del aparente dislate, creo que están muy meditadas y persiguen un objetivo tranquilizador, paliativo, y gozan de un misterioso poder taumatúrgico. Con sólo oír su voz preguntando por el tiempo, se conjuran los maleficios de la peor pesadilla en que uno pueda encontrarse allá en Terrorkistán. Y en esta ocasión, además, su breve discurso resultó ser profético, porque al día siguiente, como ella esperaba, levantó y brilló el sol naciente sobre Tokio y la tierra estuvo más quieta que Don Tancredo ante el morlaco.
Es mi madre. También del mismo Bilbao.

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=Bx4gd67LQ9I

jueves, 2 de febrero de 2012

EL MISMO BILBAO 1/2

¿Por dónde empezar? Por las lecturas. Creo recordar, no sin esfuerzo, que en aquel tiempo, en mi casa, lo que había era el Reader's Digest y la Gaceta del Norte. No puedo precisar cuando entraron los 6 volúmenes lujosamente ilustrados de las Crónicas del Ojo de Buey o el mini Espasa de 10 tomos prestos a responder unas consultas que nunca haríamos. Toda esa estantería, la de los lomos de grana y oro, podía haber sido de papel pintado, de pega. La Gaceta era real como la Alhóndiga, la de los hombres trasegando vinos o como el puente de Deusto, sus fauces abiertas al paso de los mercantes. Un periódico indómito por sus dimensiones colosales. Quien haya lidiado y finalmente domado una Gaceta del Norte, podría hoy sentarse en la taza del váter y pasar con gracia y donaire las páginas del ABC con su mano izquierda mientras con la derecha compone mensajes de texto a sus amigos:
Hola a todos. Saludos desde el trono. De vez en cuando levanto la vista del ABC y me miro en el espejo pero no consigo ver mi aura a pesar de haberme leído el manual de Mahirishi Dabutevananda y por ello no puedo avanzar más en el tema del que venimos hablando últimamente:el aura y sus lecturas. I miss you.
El periódico de mis sueños, de este sueño, llegaba doblado y cómodamente asentado en el inmenso bolsillo de la gabardina de "El Búfalo" que mi padre se compró en rebajas. Entonces se utilizaba más el término liquidaciones. Sospecho que mi padre había pasado a mayores con ellas y las llamaba, familiarmente, las liquis. Tenía dos gabardinas de las liquis. Una con corte de abrigo, muy simple y otra plagada de hebillas, cinturones, tirantas, solapas y cuellos descomunales, solo aptas para cabezones. Estaban de moda y todos se atrevían con ellas. La Gaceta prefería el bolsillo de ésta. Humphrey Bogart y Robert Mitchum las habían popularizado. Sin embargo no eran exactamente iguales a las de “El Búfalo”. Yo pasaba horas buscando las diferencias. Las de Bilbao no tenían ese desaliño de las películas. Estaban como almidonadas, tiesas, acartonadas, sin ese encanto canalla que tanto nos gusta. Alguna vez me probé la gabardina de mi padre y me sentí muy extraño, alienado, como si estuviera dentro de un traje de buzo tal vez de astronauta. Decía mi madre que eran muy ponibles. Pobrecilla.
Podríamos concluir –porque hay que concluir con este tema - estableciendo un paralelismo fácilmente comprensible: las gabardinas de Humphrey Bogart eran como las Fender y las de El Búfalo como las Jomadi que vendía Jomadi en la Calle Ávila. A buen entendedor…..
Por su parte el Readerdiges o Royerdaiyes o Raiderrider, incluso el Roy Rogers - según que lo pronunciara mi madre, mi padre, el abuelo o mi hermano mayor aficionado a los tebeos de vaqueros - lo traían cada 30 noches unos ángeles del cielo americano, el más azul de los cielos. Entraban por la ventana como lo hacían el Ratón Pérez o Los Reyes Magos, y dejaban la revista en la alcoba matrimonial, adquiriendo ésta unos tonos pastel que yo identificaba como de Houston. Creo que les poníamos unas copitas de Centerario Terry para calentarles el viaje de regreso a sus bases en Arizona, tierra de ovnis donde las haya. Los mensajeros de Eisenhower observadores de la ley seca, dejaban las copas intactas y siempre olvidaban cerrar las ventanas y así, durante el resto de la noche, los visillos flotarían a merced del viento mientras el Reader's Digest, bañado por un rayo de luna, descansaría feliz sobre la cómoda junto a la crema Pons de Día, Pons de Noche y las sortijas episcopales de mi madre.

Me gustaban los consejos de supervivencia que siempre aportaba el RD. Scoutting , trekking y hiking a mansalva. Instrucciones precisas sobre las mil formas de hacer nudos marineros elementales pero capaces de mantener el Titanic amarrado a los bolardos de Santurce a pesar de la galerna o cómo protegerse de los rayos si la tormenta te pillaba en descampado.
¿Perdido en el desierto sin cantimplora? ¿Te vas a preocupar por una nadería como esta? Al contrario, disfruta la aventura. Un plástico transparente extendido sobre la arena - gracias a nosequé efecto de la condensación de micropartículas de vapor de H2o - te proporcionará hectómetros de agua cristalina. En Arizona, sólo los tontos y los marcianos se mueren de sed.
Las ilustraciones al estilo de Norman Rockwell estaban a la altura de las historias. Botes atestados de náufragos capean la tempestad. Unas manos curtidas trenzan mil nudos marineros. Un mal rayo parte en dos a un granjero cuyo parecido con Fidel Castro es extraordinario. En el desierto de Atacama, 50 grados, un desgraciado extiende un plástico sobre la duna, convencido de que pronto se dará un baño.
Continuará

viernes, 13 de enero de 2012

TO BE OR NOT TO BE ES UN POBRE DILEMA


Me he dado un fuerte golpe en la cabeza y he observado, como primer efecto secundario, valga la paradoja, que el nivel de patriotismo en sangre se me ha disparado. Nunca antes había conocido un subidón similar. De momento este amor apasionado parece estar limitado a nuestra querida lengua española. Tal vez en un futuro me convierta en hooligan, quiero decir hincha, de otros productos de la tierra.
Pero vayamos al principio, donde todo empezó, como les gusta decir a los yanquis. La Orbea, la vieja Orbea tantas veces citada en anteriores entradas, se partió víctima de la decrepitud y posiblemente cansada de soportar el peso de mi culo expresado en kilómetros. Rodaba yo suavemente por la pista verde cuando la rueda delantera desapareció de mi vista y de inmediato sentí dos golpes en la cabeza. El primer golpe fue muy seco (brut) y rotundo (toc) . El segundo, el del rebote, resultó más fofo, tontorrón, pero con ese regusto cabroncete del que dice “¿no quieres café? Pues toma dos tazas”. Me habría gustado perder el conocimiento para poder contarlo, como dicen de aquel torero que eyaculó precozmente en los brazos de la Garner sólo porque le urgía contarlo a sus amigotes. Estuve al borde del desmayo y tuve unos segundos de desorientación. Un kao total habría aportado credibilidad y fuerza a la caída. Pero no pudo ser. Tal vez la próxima vez…. Sólo puedo acreditar un ojo morado, un chorretón de sangre en la ceja y una cefalea que se ha empadronado en mi azotea. Justo el inquilino molesto que necesitaba.
Bien, el patriotismo que puedo exhibir frente a, por ejemplo, la pérfida Albión, es de orden lingüístico-deportivo. Es que ganamos por goleada, como me dispongo a defender. En este primer partido, por dos a cero. Repasemos los goles.
Gol número uno: Hamlet se debatía entre dos únicas opciones: to be or not to be. Pues bien,a aquí, en la tierra de María Santísima y también en nuestras antiguas colonias dispondríamos de cuatro posibilidades: ser o no ser más estar o no estar. De modo que si Hamlet hubiese hablado español habría tenido que formular su duda de la siguiente manera: ser o no ser, estar o no estar. Incluso, y si estuviera un poco arrajoiado añadiría otras combinaciones (ser o estar – no ser o sí estar – estar o no ser y así casi hasta el infinito) Ayer, sin ir más lejos, yo era pero no estaba, mejor dicho, estaba en la cama tratando de aliviar la cefalea, que es como no estar, pero sin dejar de ser. ¿Cómo puede expresarse en inglés “no estoy pa’ na’” y sin embargo seguir siendo? De ninguna manera porque los angloparlantes están pillados por el dilema de to be or not to be. En España, por el contrario, no hay dilema y por eso somos más felices y vivimos más años aunque el Alzheimer haga estragos. Aquí se puede to be y not to be simultáneamente y no por ello faltar a la verdad o a la cordura.
Segundo gol: el cielo. Siempre – hasta el golpe doble en la cabeza – me había sentido un tanto acomplejado porque los ingleses tienen dos palabras para referirse al cielo: sky para el firmamento azul y heaven para el paraíso que nos espera a la salida del tanatorio. Nosotros, pobres hispanohablantes, nos tenemos que conformar con la palabra cielo para designar ambas cosas. Así pensaba yo hasta mi caída de la bici. Como dije, tuve unos momentos de desconcierto. Por eso, cuando levanté la cabeza del asfalto y miré hacia arriba pensé: ¡coño¡ el cielo. Ya he llegado. Y me alegré de que el cielo azul de Sevilla y el paraíso fueran una misma cosa. Fue un maravilloso momento de revelación que me gustaría compartir, un aleluya inesperado, chispas que brotan del choque de perdernales.
La foto adjunta es prueba irrefutable de mi tesis. Es la Iglesia del colegio donde fui torturado por aquellos men in black de los sesenta. Quintín Tarentino, años después, haría remakes para niños. Obsérvese el gigantesco fresco policromado tras el altar. La policromía hay que imaginarla porque la foto está en blanco y negro. Vemos al ministro oficiante de espaldas a los feligreses. ¿Para qué iba a mirarlos con el espectáculo que tiene ante sí? Es el cielo azul con sus claros y nubes y en él habitan la Sagrada Familia y muchos santos, ángeles, querubines evangelistas. Y es que el cielo es el cielo y vale para todo: casa de Dios, paseos espaciales, carrusel de satélites, agujeros negros y perros astronautas.
Los ingleses, en un vano afán por distinguir lo que es único e idéntico a sí mismo, se han empeñado en mudar a toda la corte celestial de su cielo azul turquesa, luminoso, alegre y cierto para acomodarlo en un paraíso suburbial invisible, improbable y de casas adosadas. ¿Qué será eso que ellos llaman heaven?
El cielo, amigos y amigas de la Commonwealth, es el cielo que vemos en los días despajados, os pongáis como os pongáis.
He cambiado de bici. Ahora tengo una de esas que llaman “de marchas”… y me he comprado un casco aunque esto me impida perder el sentido o acceder a nuevas revelaciones. ¡¡¡Salud¡¡¡

viernes, 16 de diciembre de 2011

CHAQUETON Y MALETA

Me escribe mi hermano anunciando que aún conserva la vieja maleta familiar. La de cuero con cinturones y cantoneras de refuerzo, aquella que surcaba páramos y escalaba puertos en la baca del diminuto Renault, nosotros dentro, camino del verano azul. Siempre cubierta por una lona verde, vaya a ser que le dé por llover. Asegura mi hermano que es idéntica a otra que perteneció a José Antonio Primo de Rivera y que ha reconocido en una foto de prensa. Pura casualidad. Irrelevante. Le he recomendado que la guarde o suelte lastre y la queme. Lo que más gusto le reporte. Ah… esa imagen del navegante soltando bolsas de arena desde la barquilla y el globo elevándose más y más…. Y me he acordado del chaquetón de ante que heredé de mi padre. Me sentía obligado a usarlo por fidelidad a su memoria, por dar gusto a mi madre. Incluso lo llevé al sastre para que le hiciera un lifting - acortamiento de solapas demasiado largas – y poder pasearme con él sin miedo al ridículo. Tal vez añadiéndole unos flecos en las mangas habría adquirido un aire Buffalo Bill. Pero ni por esas. Yo me sentía muy incómodo al ponérmelo, como un impostor metido en la piel de mi padre, en sus zapatos, en sus hechuras. Él utilizaba su chaquetón de ante únicamente para “ir de espor” y esto sólo ocurría en vacaciones. La prenda viajaba con él y con nosotros cada verano en el regreso anual a su pueblo y con ella se paseaba por la alameda de su infancia y saludaba a los amigos de siempre. Durante los duros meses de trabajo él siempre iba “arreglado”, de traje y corbata…. En cuanto a mí, ¿hasta cuando debería mantener en el ropero un chaquetón tan grande y desvencijado, con aquel olor a naftalina rancia? ¿Debería pasarlo a mis hijos y éstos a los suyos como una maldición hasta su desaparición por descomposición de la materia?
Me costó muchos años liberarme del chaquetón. Finalmente lo llevé, junto con otras prendas usadas a una ONG que recoge y reparte ropa entre quienes la necesitan. Al menos eso ponía en la puerta. Supongo que además hacen desaparecer lo que no tiene salida ni en el inmenso mundo de los pobres. ¿Qué más me daba? Estaba anocheciendo y llegué a una nave en una calle trasera de polígono industrial desolado. ¿Dónde si no? Vi montañas de ropa desordenada, juguetes, complementos, las inevitables muñecas decapatidas y un grupo de gente, la mayoría inmigrantes que, al tiempo que trataban de ordenar el caos, guardaban para sí alguna que otra prenda.
Estaba parado en la puerta de la nave contemplando la escena con mi chaquetón en el brazo, cuando un magrebí me preguntó si lo traía para entregar. Lo sé con seguridad porque repitió varias veces “entregar, entregar”. Creo que más que preguntar, estaba dándome la orden de que lo soltara. Apenas afirmé con la cabeza, me lo arrebató y se lo probó. Le quedaba un poco grande pero pareció satisfecho dentro de él. No noté que sintiese nada especial. Enseguida se perdió entre la multitud de gente y de ropa. Y sentí que el globo tomaba altura.
.. y pensé en nuevos viajes familiares en un coche destartalado y con una baca cargada de enseres y regalos tapados por una lona verde de regreso al pueblo, y aún de pie en medio de la nave industrial, vislumbré paseos a la sombra de los grandes cipreses de Ketama y el nacimiento a una nueva vida del chaquetón de mi padre ahora en el cuerpo de un nuevo propietario que nunca sabrá las peripecias de la prenda renacida. Tal vez alguno de sus nietos cuente una vieja historia de un chaquetón que su abuelo trajo de tierras lejanas, de cómo llegaba cada verano para saludar a sus amigos y pasear bajo sus cipreses de la infancia y cómo finalmente, después de pensarlo mucho, se lo entregó a un negro que caminaba de regreso a su pueblo mucho más al sur, más allá del gran desierto y de cómo su abuelo se sintió liberado de una pesada carga, como un navegante que suelta lastre desde el globo…. Salam Alekum…

Nada. Que no nos resignamos a desaparecer. Preservamos la memoria de los que se fueron y a veces hasta sus reliquias, como la maleta de mi hermano o mi chaquetón. Para aliviar este desasosiego se crearían las religiones. Supongo. ¿Cuál de ellas no ofrece el reencuentro en su carta de servicios? Unidades familiares reconstituidas en el más allá y sus miembros vestidos con sus mejores galas del más acá celebrando el reencuentro en torno a la mesa. ¿Por qué queremos que sobrevivan la maleta o el chaquetón? Reencarnación, resurrección, renacimiento, vida eterna. ¿Quién da más?. “Soy el pequeño judío que escribió la Biblia” canta/recita Leonard Cohen en "The Future”. Y es lo que tiene el papel: lo aguanta todo.
Y así fue, chispa más o menos como el hombre de las cavernas cuando no supo qué hacer con el taparrabos del abuelo, inventó, por ejemplo, la parapsicología.

sábado, 3 de diciembre de 2011

神诞生 DIOS A NACIDO SIN HACHE

Es Navidad. Hago cola en la caja del bazar chino. Delante de mí, una pareja de ancianos sostiene un niñojesús metido en una cuna en forma de cruz . Qué mala sombra, pienso. Los chinos son los campeones de la aritmética y saben contar hasta el infinito en español. Sin embargo entablar conversación con ellos no mediando guarismos, es harina de otro costal.  
El adorno navideño del matrimonio incluye una leyenda: DIÓS Á NACIDO. La letra A aparece solitaria, sin hache que la acompañe, y con un par de tilde de propina y otra más sobre Dios como enfatizando su grandeza.  Cuando la pareja llega hasta la caja, el señor mayor ha intentado hacer ver al chino la grave falta de ortografía que supone privar al verbo haber de su hache. El señor chino ha respondido sonriente: cinco eulos. La señora, contrariada, interviene. Considera que su marido no ha logrado desbrozar la jungla cultural que les separa y  repite el mensaje,  pero ahora lo hace gritando: A, SI ES DEL VERBO HABER, SE ESCRIBE CON HACHE. El señor chino, imbatible en el diálogo de sordos, ha replicado, también a gritos: ¡CINCO EULOS!  El hombre y la mujer se miran y deciden recurrir a la mímica. El hombre apunta entonces con su dedo a la leyenda escrita y luego traza en el aire una imaginaria hache gigante. Al terminar, se vuelve satisfecho a su esposa y ella le recompensa con una cabezada de afirmación y una sonrisa. El señor chino ha debido detectar una amenaza en los aspavientos del viejo porque ha arrancado una hoja del cuaderno y ha escrito un número 5 igualmente enorme que planta en las narices del señor mayor. El silencio en la cola  que sigue expectante  la evolución de la escena se puede cortar con un cuter chino.  El hombre, vencido por la evidencia, se ha vuelto a su señora y le ha preguntado: “Paca, de verdad, ¿te gusta el adorno?” Ella ha afirmado con la cabeza. “Pues dale 5 euros a este señor y vámonos".  Xie xie.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

TRIPTANES

Trabajo en un nuevo cálculo inútil. Es un encargo. Trato de averiguar cuantos kilos de indometacina se ha metido en el cuerpo este amigo mío desde que se introdujo en el fascinante mundo de las migrañas. Teniendo en cuenta que el fármaco tiene su presentación en cápsulas de 25 miligramos, que toma 3 por crisis y que ha tenido unas 3.000 crisis en los últimos 15 años, llego a la asombrosa e inquietante conclusión de que mi amigo ha devorado unos 220.000 miligramos de este veneno. Puro veneno trufado de efectos secundarios, ninguno placentero. Acabo de leer en internet que su uso puede llevar a la esquizofrenia. ¡ COOL l dice mi amigo satisfecho ¡ En algún momento, y como quien se retira al campo a descansar, se echó en los brazos de otro grupo de drogas con nombre de héroe de comic: los triptanes. En el delirio que provoca el dolor se imaginaba a estos pequeños guerreros uniformados de bomberos lanzando chorros de agua helada sobre cada uno de los capilares incandescentes. El extraño hormigueo que sentía en todo el cuerpo no era otra cosa, piensa, que el ajetreo de los triptanes en su pugna con otros por llegar los primeros a las líneas de combate, tratando de taponar el avance imparable del sunami de la sangre inundando desbocada venas y arterias hasta golpear, con cada latido, la retaguardia de los ojos, las sienes, alcanzando sin dificultad la nuca, la frente, primero el flanco izquierdo, luego el derecho y finalmente todo el frente de batalla, sangre hirviendo en cada milímetro cuadrado de su cabeza…. y todo esto acontece mientras permanece en calma, tumbado en la oscuridad de la estancia.

Los triptanes, a pesar de las resonancias heroicas de su nombre, huyen despavoridos cuando descubren la magnitud de la contienda y el poder devastador del enemigo. Triptanes que revientan sin presentar batalla como pompas de jabón o son devorados sin dificultad por el dolor. Y mi amigo se veo obligado a llamar a más y más triptanes hasta consumirlos todos y regresar de su retiro para volver a poner los ojos en su vieja amiga indometacina. Y de nuevo experimentar algunos de los efectos más inquietantes que promete el prospecto: desorientación y confusión. Lo más curioso es que con tantos viajes por los mismos parajes, mi amigo ha desarrollado una curiosa habilidad para orientarse en el laberinto.

“Confusión será mi epitafio” cantaban King Crimsom en uno de aquellos discos de terror que tanto gustaban a la juventud progresiva de los 70. Ahora que gracias a la Indometacina visita a la confusión con frecuencia, dice mi amigo que esta no es un estado lo suficientemente solemne como para esculpir su sombre en piedra, mucho menos en el epitafio…. No se que dirán los triptanos.

Mi amigo vive en un escaparate de la calle del Victor. En el mismo Bilbao. Para esto sirven los amigos, para adjudicarse nuestras pesadillas.


jueves, 17 de noviembre de 2011

SHEREZADES

Desde la pared me miran dos perros. Compañeros de alguna etapa de viaje. Un mastín y una pastora alemana. El perro es un anarquista postmoderno, como todos los mastines. Ella, la pastora de los ojos tristes, la reina del Mediterráneo, me espera indolente en la playa donde fuimos felices y practicamos sexo tántrico con los delfines. También me mira mi padre vestido de soldado aunque en realidad está pensando en la dedicatoria que escribirá con pulcra caligrafía en el reverso del retrato: a madre, con todo el cariño de su hijo L. Al poco la guerra pondrá algunas manchas de sangre en el abrigo militar. Pero de momento aparece impoluto. Mucho más arriba, un grupo de mi familia política me observa con curiosidad muchos años antes de ser mi familia política. Aparezco un poco borroso. Les gustaría saber más pero el bebé en brazos del hombre mayor ha roto a llorar y demanda toda la atención del grupo. A ellos se les ve muy lejos, en el tiempo y el espacio, casi en el cielo. En la misma latitud estoy yo mismo, con cuatro añitos. Me miro de reojo, temeroso, y no me reconozco. Tampoco yo reconozco al niño de la foto. También me mira un calendario cirílico. Es del año en curso pero no tiene mucha utilidad porque las fechas señaladas no están señaladas. Un calendario sin Dios ni credo, como los que regalan los chinos en los buffets baratos. Calendarios áridos, inánimes, de 365 días laborables, contraculturales, para colgar en el refectorio de la cooperativa agraria.
Y todos ellos son como Sherezades conjuradas para distraerme de la tarea, para que pierda el tiempo con ellos. El perro me saca la lengua, la perra me invita a sumergirme en el mar a la búsqueda de los delfines amorosos, mi padre cambia constantemente la dedicatoria de la foto y ahora dice a una dama vaporosa que en cuanto termine la puta mili va hacerle el amor en todas las posturas que ha estado imaginando en las noches de guardia. El niño se ha quedado dormido y el grupo familiar me pide que cierre la persiana para que no se despierte. Y el niño que fui me invita a cantar todas las canciones olvidadas. El calendario de la cooperativa agrícola se congela y descongela aleatoriamente…. Y todo ello, como si yo no me diera cuenta de sus intenciones, de su pánico a que se me ocurra pintar la pared, renovar la decoración y ponerlos a todos en el contenedor de basura. Mientras me sigan entreteniendo, estarán a salvo.

viernes, 11 de noviembre de 2011

CADA BARRIO, UN TERRITORIO

CADA BARRIO, UN TERRITORIO interior, cada calle una frontera. Así he parcelado esta ciudad plana surcada de senderos verdes y que cruzo a lomos de la vieja Orbea. Cada barrio es un paisaje recuperado que pedaleo día tras día. Así cruzo las lindes hasta que llego a una recta interminable y entro en el viejo páramo, el paisaje que mejor conozco, el territorio de las lavandas y los silencios, la casa del Señor. Aquí, y no hace tanto, uno de mis antepasados guiando una cuerda de mulos cayó ciego de blancura una mañana de invierno ¿sería un disparo de nieve? El páramo: la casa de la noche negra, de los cielos azules, el refugio de las nubes, el otro lado. Hoy fuerzo un poco la pedalada porque quiero llegar a Villalta antes de que cante el gallo. Solo 4 leguas. En Villalta vive Nadie y la torre del campanario es una estaca de hielo clavada en el cielo estrellado. Aquí siempre he sido bienvenido, aquí siempre vuelvo. En realidad nunca me he marchado de Villalta.

Un semáforo en rojo me detiene al borde del río de coches. Casi caigo de la bici. Tengo que tensar los frenos. Parado en la pista verde, bajo una luz excesiva que lo ilumina todo, observo al africano cargado de paquetes de kleenex. Me mira y sonríe. ¿Dónde están tu páramo y tu Villalta, amigo? ¿Quién los habita? ¿Oíste hablar alguna vez de un disparo de nieve?

lunes, 19 de septiembre de 2011

LA GUITARRA DE TORREBRUNO


De Torrebruno amaba y detestaba todo y lo hacía de forma simultánea. Su simpatía un poco bobalicona, sus trajes brillantes, sus gorgoritos napolitanos, haber sido presentador y telonero de los Beatles en la Plaza de las Ventas…. Y sobre todo su guitarra. Adoraba esa guitarra que él tocaba con técnica única. Una guitarra blanca, ni española ni acústica, ni grande ni pequeña, eso sí, un poco regordeta, entre medieval y Elvis, y una boca ovalada y generosa como la de un mero hambriento. Boca sobre la que volaba el tramo final de mástil, para que Torrebruno pudiera puntear las notas más agudas… pero él nunca punteó porque su maestría radicaba en golpear la caja y rasguear las cuerdas a medio camino entre Peret y el hombre orquesta. Tan pronto aparecía en aquella televisión de pantalla regordeta y verdosa - y  aparecía con harta frecuencia - yo quedaba abducido por el chaca-pun, chaca-pun de su mano derecha sobre la caja, de adelante hacia atrás, breve rasgueo, y de nuevo adelante para un nuevo rasgueo. Me resultaba imposible apartar la mirada de aquel hombre pequeño ni de su mano juguetona. Algunos misterios se llevó a la tumba. ¿De donde sacaría semejante ejemplar?¿Qué sería de ella cuando él falleció?¿Permanecería al lado de su tumba, chaca-pun, chaca-pun, como un perro fiel hasta que el tiempo y la ausencia marchitaron su caja y su alma? En su honor y memoria dejo este video a vuestra consideración http://www.youtube.com/watch?v=osIZnNKl1Z4

Postdata
Con gran consternación descubro el terrible secreto del fin de la guitarra de Torrebruno. Son imágenes muy duras. http://www.youtube.com/watch?v=VatCWuNM7fo

viernes, 29 de abril de 2011

ELLAS BAILAN SOLAS

En las orillas del Ganges, apenas unos pasos por encima de las aguas que vienen del cielo, de los bueyes de piel brillante, de los perros y las vacas, de los parias, los brahmanes, los mendigos los leprosos, los muertos, los moribundos, los remeros, los que buscan y encuentran, los que lloran perdidos en este delirio...en las orillas del Ganges, ellas bailan solas.

miércoles, 19 de enero de 2011

AHORA QUE...

Ahora que… el infierno ya no es un zulo incandescente, que el purgatorio es sólo una lengua breve y transitoria de fuego purificador, apenas unas décimas de fiebre, ahora que Belcebú juega en la liga de Hermann Monster, que San Pedro ha malvendido las nubes, los querubines y demás atrezzo celestial y mata las horas en la tasca, ahora, digo, los supervivientes de aquella adolescencia de deportaciones en casas de ejercicios espirituales y retiros de la mala muerte, desde los que oímos con claridad el crepitar del fuego eterno, aromatizado de azufre, las carcajadas de Satán y las descripciones precisas de las tinieblas en boca de los hombres de negro que se encargaban de nuestra vigilancia, ahora, concluyo, nos sentimos enormemente aliviados y agradecidos a su Santidad y a sus ministros por este esfuerzo de adaptación a los tiempos modernos, donde todo resulta incoloro, insípido y definitivamente inodoro.

martes, 7 de diciembre de 2010

NINGUNA PARTE

¡ Oh no ¡ de nuevo bloqueado en esta audiencia inerte. Como en un atasco de tráfico tras la nevada. Si hubo alguna expectativa de emoción, definitivamente murió antes del minuto cinco. El tono es plano y desapasionado y entonces me vuelve a ocurrir: estoy conduciendo por la autopista, en Francia, siempre una larga recta en el otoño francés, la luz, tenue durante todo el día, empieza a desaparecer. La hilera de árboles que flanquea la ruta es interminable. Las Landas, identifico... de nuevo en Las Landas. Pero ¿cuánto falta para llegar a París? Una eternidad de árboles sin hojas. Un océano de niebla. Llueve ligeramente, como agua nieve, como sirimiri, y los limpiaparabrisas ejecutan su danza del tedio mientras repiten el mantra: griiiiiiipsh, griiiiiiiips....

Escucho por fin los tristes aplausos de cortesía, y gracias a Dios, nadie formula preguntas.

Salgo a la calle y llueve como hace un rato llovía en las Las Landas. Tengo hambre y descubro un restaurante asiático con menú del día, con pocos clientes, casi todos solitarios. Me siento frente a la puerta para hacer la estadística. Es sencilla. Zero in. Zero out. Estoy en un nowhere restaurante esperando que me sirvan un nowhere menú. Para asegurarme tomo una foto. Gracias Panasonic. Parece mentira que esta cámara registre los sueños, pero allí están los comensales solitarios, la camarera de vagos rasgos orientales, el botellín de cerveza... ¿cómo es posible que hayan logrado fijarse en la tarjeta de memoria?

...making all his nowhere plans for nobody.

lunes, 6 de septiembre de 2010

LA EFE DE FENDER


Mi calle, como la que cantaba Lone Star, tenía un oscuro bar, húmedas paredes, y aunque mis padres nunca lo reconocieron, un buen puñado de putas que lo habitaban. Putas vintage, de las de antes: castellanas, murcianas o andaluzas, nada de brasileñas o nigerianas. Españolas todas. Todas ellas desertoras del arado o de la cofia, chacha style. Nada de taconazos de aguja en zapatos de plataforma. Allí solo se despachaban babuchas, alpargatas y chanclas en verano. Todo íntimo, todo silente, como si las mujeres, sus chulos y sus clientes vivieran en su portal de belén una Noche Buena perenne. Todo clandestino y oscuro.
Me resultaba inevitable mirar de reojo y descubrir…. nada, o mejor aún, la nada. La penumbra reinaba en aquella boca de placer. En las noches de verano, cuando apretaba el calor y costaba conciliar el sueño, se podía escuchar el Jukebox repetiendo una y mil veces nunca te podré olvidar porque me enseñaste a amar y así se verificaba el milagro de modo que la canción más ñoña, obra del conjunto músico vocal más pijo de la época, Los Brincos, se convertía en el himno de la escuela de follar que yo tenía siete plantas más abajo. Allí, imagino, se iniciaban los adolescentes, se doctoraban los tímidos y desfogaban los desamparados hijos de Eva, los perdedores, los desplazados, los solitarios, los soldados de la noche ...
En la acera de enfrente las cosas son diferentes. Reina aquí la luz del día. De las paredes de Jomadi colgaban las diosas que yo más adoraba: guitarras eléctricas voluptuosas, de mil colores y formas. De cuerpo sólido, de media caja, de caja entera. Putas de lujo, por no salirnos del contexto. Y en las primeras filas, siempre, alineadas una detrás de otra, las Fender. Estamos en la mitad de los años 60. Por entonces se comercializaban los modelos Stratocaster, las Telecaster y las Jaguar ¡¡¡Dios que nombres!!!!. Y en todas ellas, en su cabeza – pala en el argot – el nombre de Fender en letras doradas, con esa efe americana – con el rabo superior hacia la izquierda – y que parece un siete. La efe inicial de Fender y el resto de la palabra, en letras cursivas, divinas, F y R, Alfa y Omega. Todos los días, de vuelta del colegio, visitaba este templo, dejaba la huella de mi nariz en el escaparate, y babeaba mirando esa efe inalcanzable. Una sola vez me atreví a entrar y preguntar el precio de una Stratocaster en color sunburst. Tostada por el sol. 33.000 pelas dijo la vieja. La Vieja era un término para identificar a la responsable de cualquier negocio, tienda, despacho, operación, … siempre que tuviera más de… digamos…. 28 años. La vieja de Jomadi, la esposa del dueño. TREINTA Y TRES MIL pesetas dijo de un solo disparo. Fue suficiente para salir cabizbajo y convencido de que nunca poseería una de aquellas maravillas colgantes. 33.000 pelas era el sueldo de muchos meses de trabajo para cualquier empleado y yo no estaba empleado y tenía por delante un desierto de estudios que cruzar. Adiós amor de mis amores.
Posdata: hoy día un par de estas bellezas viven bajo mi techo, permanentemente manoseadas por quien suscribe. Somos felices y comemos perdices prácticamente todos los días del año, salvo en Cuaresma en que langostas y centollos salen de sus cubiles a darse un baño hirviendo.

domingo, 1 de agosto de 2010

LLEGÓ DEL CIELO...LA LONA LLEGÓ DEL CIELO

Hubo un tiempo, breve por suete, en el que creí vivir al aire libre, en la naturaleza, simplemente porque pasaba las horas muertas en la azotea de mi piso en medio de la ciudad. Y un buen día el cielo se encapotó. Literalmente: una capota azul celeste cubrió el sol – a lo bíblico - ensombreció mi azotea y cayó finalmente sobre ella. El toldo, tal vez la lona, aún con sus cuerdas atadas a las arandelas de metal, llegó volando del cielo. Nada sobrenatural, pensé. Las lonas no se aparecen con la facilidad con que lo hacen la virgen o algunos santos.
Un camión. Posiblemente se ha desprendido de un camión. Unos cabos mal atados, viento en contra, exceso de velocidad y… al carajo con la lona protectora de la carga. Si transportaba áridos, me preocupé, el camión estaría dejando una peligrosa estela de polvo cegador y posiblemente para cuando la lona aterrizó en la azotea, ya llevaría tres o cuatro muertos en su haber, mientras el conductor continuaba cantando entusiasmado a quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga con Alaska en la radio…. Y entretanto, otro muerto. …. Pero decidí aparcar estos pensamientos tan negativos y buscar una utilidad en este regalo del cielo. Y entonces recordé que los fotógrafos profesionales suelen realizar sus retratos sobre un fondo uniforme, generalmente un lienzo, una cortina, tal vez un mantel. Dicho y hecho. Coloqué la lona sobre la pared y busqué un voluntario dispuesto a dejarse retratar. Et Voilà. He came from out of the blue.

domingo, 6 de junio de 2010

SUEÑO QUE SUEÑAS


Hoy toca medio oeste, medio día, media carga en el avión, cielo medio nublado, azafatas con medias, y tierra en vez de mar. No hay Titanics ni pulpos gigantes ahí abajo... Resulta tranquilizador. En tierra, el niño que mira el diminuto objeto brillante y su estela en el cielo, respira el aroma de las matas junto al arroyo - comida de culebras piensa - como si las culebras fuesen herbívoras... e imagina a los pasajeros leyendo la prensa, comiendo sus snakcks despreocupados o dormitando, sus cabezas dislocadas en los respaldos. Todos menos uno de ellos que piensa en el niño que mira el paso del avión y lo imagina tumbado junto a la comida de culebras respirando su aroma y pensando en lo que estarán haciendo los pasajeros, unos leyendo, otros comiendo distraídos o dormitando en los asientos, menos uno que piensa en el niño que piensa en el pasajero que piensa en el niño que piensa en el pasajero....
Ya lo dijo el maestro: te dejo entrar en mis sueños si yo puedo estar en los tuyos.
Es lo que tiene sobrevolar el secano.

domingo, 28 de marzo de 2010

...Y DETRÁS ESTABA LA ISLA

....y yo miraba entre los hombros de los dos participantes que me habían tocado en suerte al otro lado de la mesa de conferencias por si saltaba algún pez o pasaba el tío de los barquillos por la orilla....Parisieeeeeennnnnn. Nuestros anfitriones quisieron impresionarnos y prepararon un almuerzo contra el que hubimos de batirnos a cuchillo, cucharra y tenedor, pero la verdad es que él, el almuerzo, nos había vencido. ¡Que sopor! ¡Y qué forma tan terrible de mortificar a la audiencia en la hora sagrada de la siesta! Los dos que tenía enfrente aportaban su granito al plan de tortura. El de la izquierda, muy agresivo lo hacía en términos contundentes, excesivamente bronco para una enumeración rutinaria de las actividades sociales desarrolladas. Puedo asegurar que a pesar de sus esfuerzos, nadie le escuchaba porque nadie se colocó el auricular de la traducción simultánea y puedo dar fe de que ninguno de los asistentes entendía el extraño idioma de los anfitriones. Ella, a la derecha, ilustraba con ejemplos el tostón. Pero entre ellos – Dios aprieta pero no ahoga - se acertaba a ver el horizonte. Se abrían claros, como diría el hombre del tiempo... y allí, salpicada de iconos, estaba ella, la isla protectora de pantalla, un rincón en el universo para echar una buena siesta bajo las palmeras. Y me perdí el discurso, vigilante por si saltaba el pez o pasaba el tío de los barquillos por la orilla de la playa. Mas el otro no callaba y su vecina le seguía apoyando con certificaciones (yo estaba allí y os aseguro que todos nos partimos de risa) apostillas (sí, pero nadie se quedó sin su parte en el pastel) y reconvenciones (bueno, basta de cachondeo. Es hora de ponernos serios y hablar del tema que nos ha traído aquí esta tarde)
Todo empeoró y mejoró en el momento en que apagaron las luces para dar paso al power point. Power pointless, me dio por pensar.
El sopor creció en la penumbra. Temí cabecear a la vista de todos. Pero por otro lado la oscuridad dio fuerza y brillo a la pantalla y ahora el cielo sobre la isla se volvió de azul intenso al reflejar el mar azul. Y me acordé de Mozambique, la canción de Dylan en la que informaba que allí el cielo soleado es aqua blue. Las tres palmeras solitarias se perfilaron en tres o más dimensiones mientras yo descansaba por fin bajo su sombra. Y me pregunté si serían cocoteros o simples palmeras estériles. Lo primero me inquietaba y lo segundo me arrastró en caída libre a las primeras cabezadas. Que les den a los conferenciantes, pensé durante una breve recuperación. Cabeceé de nuevo y en la siguiente remontada añadí este otro retazo de pensamiento: esto no se hace, cabrones. Y con la seguridad que proporciona el estar cargado de razón, cerré rebelde los ojos, me abandoné al sueño y deseé a los conferenciantes que alguien les diera a probar de su propia medicina.

sábado, 7 de noviembre de 2009

EN LA PLAZA TUMBADO



Tumbado en el banco de la plaza miro las ramas de los árboles que buscan caminos en el cielo como las raíces en la tierra, collage de hojas pegadas al azul intenso. Enseguida la noche correrá el telón y yo volveré a la verticalidad.
Hacía tanto tiempo que no visitaba este barrio de perdición. Tumbado en un banco mirando las nubes , perdiendo tiempo. Free man in Paris. Ya no hay barrios de putas con sabor. Sólo puticlús de carretera, grandes superficies del sexo en los llamados parques empresariales. Soy el perro en la orilla mirando la corriente. Ladro de vez en cuando. Sólo eso. Buen viaje río, agua, buen viaje vida.

jueves, 1 de octubre de 2009

REFLEXION


Los aeropuertos son fuente de inspiración para mucha gente. Sin duda para los conferenciantes. Como también lo son las estaciones de tren, las paradas de autobús y hasta las gasolineras. Con qué frecuencia empiezan los oradores sus discursos recordando que esta misma mañana, en el aeropuerto, contemplando los aviones estacionados y los convoys de equipaje y el trajín de los empleados de catering y esto y lo otro, pues bien, todo ello, dice el orador, me ha llevado a hacer una reflexión sobre..... y aquí cada orador arrima el ascua a su sardina. La sardina puede ser el comportamiento del hipopótamo estresado o del hipotálamo rayado o tal vez el comienzo de curso y su metáfora: el inicio de una carrera ciclista en la que sólo el mejor, no en una etapa, sino en la regularidad y la constancia se alzará con el copón del triunfo y los ósculos de las azafatas en el podium. Sí, sí ósculos. Esto se lo he oído a uno que hizo escala en un aeropuerto del lejano oriente y al ver los aviones, los convoys y el trajín, fue asaltado por una reflexión que le llevó a los Campos Elíseos. Los curas son maestros en montar reflexiones y desarrollar metáforas. La del comienzo del curso escolar es un clásico. Recuerdo que todos los primeros de octubre sonaba el disparo de salida de una nueva carrera ciclista. Siempre que me cruzo con un cura sospecho que me va a meter en una de sus reflexiones. Coincido a su lado esperando a que el semáforo se ponga verde para ambos. Yo, montado en la bicicleta, y él, parado en la acera, tratando de montar un sermón para la misa de 12. Y empieza a emitir en silencio: "a mi lado, en el semáforo, un ciclista se apresta a cruzar la calle. Él está seguro de que llegará a la otra acera antes que yo, pero yo me pregunto....¿ llegará vivo? ¿Cómo puede este ciclista anónimo asegurarse de que el tránsito será seguro, de que su vida no depende de su voluntad sino del conductor de una camión de butano a quien Dios ha ordenado, sin él quererlo, atropellar y dar muerte al ciclista...o tal vez simplemente herirlo gravemente?" El cura necesita hacer acopio de materia prima para sus sermones, para sus metáforas simples, para sus comparaciones odiosas y hoy me puede tocar a mí, o a cualquiera. Nadie está a salvo de entrar en una plática de curas. Y lo más triste es que uno se convierte en protagonista anónimo. Si al menos, en la escena del semáforo, este cura se hubiese dirigido a mí: amigo ¿como se llama Vd.? ¿Le importa que le mencione hoy en mi sermón? Es posible que resulte Vd. eliminado de la faz de la tierra, o tal vez gravemente herido, pero no se preocupe porque esto es prácticamente virtual, únicamente para mi sermón, una especie de skecth que yo monto para ilustrar la fugacidad y fragilidad de la vida... y a mí todo esto me da mal rollo y por ello procuro alejarme de los curas, especialmente si me los encuentro en un paso de cebra.

Pues bien, ahora, sentado en un aeropuerto camino del lejano oriente no veo nada más allá de lo que hay: aeronaves, gente corriendo y aburrimiento. Nada me invita a la reflexión, no consigo profundizar y ver más allá de la materia condensada. No se me ocurre nada. Si acaso esto que cuento. ¿Y si fuera una reflexión? ¡Y si yo pudiera empezar mi discurso con... esta misma mañana en el aeropuerto se me ocurrió la siguiente reflexión: nunca se me ocurren reflexiones en los aeropuertos. El problema es que donde yo voy no tengo que dar discursos de ninguna clase. Bueno sí uno muy breve, una de esas presentaciones de power point en las que la mayoría de la audiencia echa una siestecita aprovechando que las luces se apagan. Puede quedar un poco fuera de lugar arrancar la presentación diciendo que los aeropuertos no son fuente de meditación para mí. ¿Y para ustedes, qué? Podría intentarlo con el taxista que me recoja, pero ¿me entenderá un hombre del lejano oriente este discurso? ¿Hablará la lengua del imperio? Y en el supuesto de que lo haga, ¿le importarán un carajo mis reflexiones sobre la carencia de reflexiones que me producen los aeropuertos, estaciones y gasolineras?
Es por ello que cuelgo estas reflexiones en la web. El que quiera que las pille y sean fuente de nuevas reflexiones.

Epílogo. Tal vez alguien quiera saber qué ocurrió después de aterrizar. Sí, tomé un taxi y empecé a contarle estas reflexiones al taxista que me llevó a la ciudad. Me produjo una gran satisfacción comprobar su movimiento de cabeza, como si entendiera el discurso y lo aprobara asintiendo. Así que continué hablando sin parar hasta que al llegar al hotel le pregunté abiertamente. ¿Qué? ¿Qué le parece a usted todo esto?
- Five hundred, fue su respuesta. A él no se le ocurrió ninguna reflexión adicional.

domingo, 14 de junio de 2009

LA BUENA OBRA


Estoy en el cole. Estos frailes - unos terroristas, otros apocalípticos, alguno pizpireto, ninguno en sus cabales - nos encargaron ayer,como tarea de casa, hacer alguna buena obra para mañana, es decir, para hoy por lo que nada más empezar la clase nos lanzan la pregunta: ¿Qué buena obra habéis hecho hoy? Cuando llega mi turno ycomo no recuerdo haber hecho ninguna obra ni buena ni mala, simplemente he subsitido un día más, me invento ésta: he ayudado a un ciego a cruzar la calle.
Magnífico, esto sí que es una buena obra sencilla de acometer, una oportunidad que se nos presenta cada día de camino al colegio, un regalo del Señor, glosa el fraile.
Luego pienso que, puestos a realizar buenas obras imaginarias, podría haber contado lo que tuve que hacer aquel día de invierno en la gélidas aguas del puerto para sacar a mis 4 amigos del coche en el que se habían precipitado al mar, y cómo me sumergí 4 veces seguidas hasta ponerlos a salvo, fuera del agua, y cómo les practiqué la respiración artificial boca a boca - sin pecar - y como finalmente .... les resucité. Estaban ahogados por completo y yo les devolví a la vida.
Y es que cuando uno va de buenas obras, debe hacer las mejores dentro de sus posibilidades.

sábado, 30 de mayo de 2009

EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE VIAJE

Nuevamente a bordo de un avión. Esta vez en un vuelo trasatlántico. Como el Titanic. Suena bien, pero yuyu, igual de bien que la orquesta que sonaba en la salón mientras el buque hacía agua y comenzaba la inmersión en el mar helado de 1912. Los mares tienen añadas de frío como los vinos las tienen de nosequé. La de 1912 debió de ser heladora. Mi padre nació una fría mañana de enero de aquel año en un pueblo de montaña donde el frío aprieta sin piedad. Supongo que haría bastante frío porque su familia era muy pobre. Pero aún no he decidido qué dio lugar a qué. Si el frío del año a las aguas donde sucumbió el Titanic, aquella mañana de enero en que mi padre vió la luz al año en que esto acontecía, o si el hundimiento del Titanic trajo causa de la pobreza de. mi familia. Quizás en este momento estemos sobrevolando la zona de la tragedia, precisamente ahora que me como estos pretzels que nos sirve la azafata. ¡Benditos snacks de la aviación! Voy leyendo una de esas columnas semanales que en condiciones normales no leería porque los prejuicios hacia su autora me impiden hacerlo. Pero aquí arriba y con 4 horas a la espalda y otras tantas por delante, me como los pretzels que no comería y leo a las columnistas que no leería en otras circunstancias, porque hay-que-matar-el-rato. Y mientras esto ocurre, me asalta la urgencia de dejar constancia, antes de que la constancia se pierda en las musarañas, de esta extraña alianza de pensamientos, de los compañeros de viaje que acomodamos en plazas contiguas, en este viaje mental interminable y cómo los sentamos juntos según van llegando. Simplemente aparecen y ocupan un sitio sin orden ni concierto, sin demasiado sentido, como en los sueños. Y sin embargo, una vez instalados se ven obligados a dialogar, a relacionarse porque el viaje es largo, tanto como la misma vida. Y esta urgencia de no dejar escapar las ideas, de que al menos durante un rato, y quizás, gracias al poder del teclado para siempre y para otros, me trae el recuerdo de los recados que me encargaba mi madre. Los mandados como dicen – decimos - por aquí abajo. Acércate donde Juan y compra azúcar, tulipán y un estropajo. Ah¡¡¡ Y que te de un manojo de perejil. Y para que no se me olvide bajo los 4 pisos de dos en dos repitiendo mentalmente el mantra: azúcar, tulipán, estropajo, perejil. Qué difícil asociación, que compañeros de viaje tan distintos. Azúcar, tulipán, estropajo, perejil. Aún utilizo la misma técnica y ayer tarde, pensando en cosas pendientes de meter en la maleta, repetía incansable: adaptador, gorra, almohada. Adaptador, gorra, almohada para fijar, aunque fuera de una forma efímera pero práctica las tres cosas que debería hacer de forma urgente y prioritaria nada más llegar a casa: buscar en la caja de herramientas un adaptador de corriente europeo-americano para el ordenador, en el perchero una gorra para protegerme del sol y la migraña - ¡¡¡ah tu compañera inseparable !!! - asociada al exceso de luz, y poner un post it sobre la maleta en el que habré de escribir: almohada. Y es que mi almohada, mi amiga del cuerpo y del alma, debe entrar en la maleta mañana temprano, nada más levantarme porque sin tí no soy nada, a merced del dolor que acecha a todas horas. Una noche sin ella puede suponer un día completo de jaqueca. Solo así, repitiendo una y otra vez las palabras mágicas tengo garantía de éxito, de que el olvido no me llevará al desamparo. Y por eso debo cruzar el bosque con la cesta de comida para la abuela y no entretenerme con el lobo si este aparece en cualquier recodo del camino. No puedo dejarme llevar y llegar a casa tratando de recordar que tenía algo importante que hacer, algo que olvidé....

Y ahora, como cuando hacía los recados para mi madre, siento esa misma urgencia de escribir todo esto, de que no debo olvidarme del Titanic, de las columnistas a quienes jamás leería salvo en situaciones como esta, de que tal vez estemos sobrevolando la zona del desastre, de los mantras de mi madre, de recordar lo que tengo que recordar y de que todos estos pensamientos aislados hasta que yo los reuní, deben convivir forzosamente en este viaje trasatlántico.

sábado, 16 de mayo de 2009

HACER EL MONO


Cuenta don Andreu Pérez y Vara en una carta a EL PAIS de Febrero de 2008 que Federico Borrell García, el miliciano abatido en Cerro Muriano el 5 de septiembre de 1936 y captado por el objetivo de Robert Capa, escenificaba una acción junto con algunos compañeros para que los reporteros – había más de uno – tomasen fotos bélicas. Una especie de posado. Sin embargo el movimiento de los milicianos y los tiros que dispararon llamaron la atención del enemigo al otro lado de las líenas. Una ráfaga de ametralladora, mató a Borrell y a otro compañero. Bien pudo haber ocurrido así. Jóvenes anarquistas excitados por las cámaras de reporteros extranjeros juegan a héroes y pierden la vida en ello. Las fotos previas parecen corroborar la hipótesis.
Mi padre fue un miliciano enrolado en el Batallón Baracaldo de la UGT a finales de Julio de 1936. Su primera misión consistió en defender la estación de Málzaga en Guipúzcoa. “El enemigo se encontraba en un monte alto situado enfrente de la estación. Nos podrían haber echado a pedradas. Nos ametrallaban a placer y no podíamos subir ni bajar de un piso al otro del edificio porque la escalera estaba en el exterior y éramos un blanco demasiado fácil para ellos.” Así me lo contó para un librito que le dediqué. Durante el mes que permanecieron en la estación, Octubre de 1936, no llegaron a entablar un auténtico combate con las tropas nacionales, aunque sí sufrieron una baja. Uno de los milicianos se empeñó en cruzar el puente que había junto a la estación a plena luz del día y en la línea de fuego del enemigo. Sin necesidad. Simplemente porque quiso probar su valor y mostrarlo a sus camaradas. A pesar de las advertencias los compañeros, el miliciano se empeñó en cruzar aquel puente. “Yo paso por ahí por cojones”. Apenas hubo dado una docena de pasos caía fulminado por una bala certera.
Mi padre le regaló el epitafio: murió por hacer el mono, dijo. Me lo contó una y mil veces y siempre con las mismas palabras. Por hacer el mono. No recuerdo si llegué a compadecerme en algún momento por el joven soldado desconocido. Tantas veces murió en el relato de mi padre que me acostumbré a ver como lo abatían sobre el puente, una y otra vez.
Y ahora, al leer la carta de don Andreu, aportando la versión tan plausible del reportaje fotográfico y las poses guerreras del grupo de milicianos, me he acordado del pobre muchacho de la estación de Málzaga. Y de haber ocurrido las cosas como propone don Andreu, el miliciano inmortalizado en el momento de morir en Cerro Muriano, el falling soldier de Robert Capa, habría perdido la vida por hacer el mono, como la perdió aquel camarada de mi padre que quiso cruzar el puente por cojones.
Por ellos y por tantos otros soldados voluntarios y forzosos de mil guerras olvidadas tañen las campanas, como recuerda Dylan en Chimes of Freedom: por todos y cada uno de los soldados desamparados en la noche.