viernes, 4 de septiembre de 2015

EL VIAJE SOÑADO I


Mis desvelos por hace feliz a Rebeca llevándola de vacaciones a destinos de ensueño nunca lograron calmar su deseo de disfrutar de lo que ella llamaba unas vacaciones diferentes. Me sentía vulgar, frustrado y, por qué no decirlo, un tanto dolido. Había gastado una fortuna visitando los mejores resorts del Caribe y Las Maldivas. Nos alojábamos en el Grand Hyatt cuando los negocios me llevaron a Bombay o en el Scala si tocaba tocar Buenos Aires. Éramos habituales de los camarotes VIP del MS Queen Elizabeth cuyo capitán, un pipiolo de Citta Vecchia embutido en un uniforme entallado – llamarme Tomasino si prega -  no podía prescindir de nuestra compañía a la mesa en las veladas de gran gala donde Rebeca daba cabezadas de aburrimiento mientras il capitano proponía juegos de palabras y narraba increibles historias de viejo lobo de mar. Yo era consciente de que Tomasino tiraba los tejos a Rebeca y soñaba con llevársela a contemplar la luna llena desde el puente de mando para luego, con mucho más detalle, examinar sus cráteres a través del telescopio extensible que guardaba en su camarote todo  revestido de terciopelo escarlata. Una vez dentro,  Tomasino miraría fijamente a Rebeca mientras alargaba tramo a tramo el telescopio en evidente metáfora de sus expectativas. Y confieso que no me habría importado presenciar los devaneos de Rebeca con il capitano. La satisfacción de Rebeca estaba por encima de todo y un buen par de cuernos servirían de perchero donde colgar las decenas de sombreros, boinas y gorras que Rebeca y yo nos regalábamos y con los que nunca nos tocábamos. Mi sentido práctico me decía que el fin justifica el bochorno, y sin embargo era precisamente el pragmatismo del que yo siempre presumí lo que más irritaba a Rebeca y la llevaba a bostezar en mi presencia sin molestarse siquiera en tapar su boca de fresa con la mano.  Sí cariño. Un perchero para los sombreros nos vendría genial, dijo sin saber de lo que hablaba cuando consiguió cerrar las fauces. En el hall quedaría ideal.

Ella enseguida se cansaba de los lujos puestos a sus pies e insistía una y otra vez en probar algo nuevo y sobre todo, distinto. Por eso decidí consultar con nuestro director espiritual, el padre Domingo Igartua y preferí hacerlo acudiendo a la intimidad del confesonario para asegurarme de que mantuviese la boca cerrada. Igartua, apasionado de su tierra y sus caldos, era un cotilla metido en una sotana y sólo el secreto de confesión podría contener sus irrefrenables deseos de revelar misterios y dar primicias.  Sin embargo comprendí enseguida que Rebeca se me había adelantado, y que nuestro confesor, por no quebrar el secreto contraído con Rebeca,  se las daba de nuevo conmigo.  Ella también había querido mantener al cura calladito, secreto de confesión mediante. Estaba cantado que Igartua estaba al corriente de la insatisfacción de mi esposa por el asunto de las vacaciones, y ya puestos, también lo estaría sobre otros secretos de alcoba: ¿Con qué frecuencia frecuentas a Rebeca? preguntaba una y otra vez. Y si no,  ¿cómo explicar que el cura tuviera encima un tríptico de la agencia Viajes Soñados ofertando planes para unas vacaciones que se anunciaban como diferentes?  Precisamente diferentes, como Rebeca anhelaba. Apenas había empezado a exponer mis inquietudes cuando el páter se metió la mano en la sotana, hurgó por allí, ¿qué estará haciendo?, me alarmé hasta que vi que sacaba el prospecto. Me lo deslizó con aire de misterio. Luego dijo: “toma este leaflet. Estas son las vacaciones que os hacen falta". El padre Igartua había pasado largas temporadas de misionero en Nigeria y por eso a los trípticos publicitarios los llamaba leaflets, a los panfletos flyers y Nigeria era para él Naiyiria. Supongo también que habría adquirido  en misiones la manía de echarme el brazo alrededor del cuello y arrojarme a la cara un aliento impregnado de juanola que no conseguía ocultar una halitosis demasiado intensa para mi gusto. Los negritos lo aguantan todo, pensé, hasta que cambian de pareja de baile y se meten en la Yihad. Luego me dijo que la consulta, por no ser confesión stricto sensu sino mero coaching,  no llevaba penitencia y me despidió sin más. No charge, bromeó, como si yo fuera de la misma Naiyiria.

sábado, 4 de abril de 2015

EXEDRA


Os preguntaréis quién soy y qué es lo que contemplo desde mi pedestal, impávida, con el brazo en jarras y las tetas al aire, más chula que un ocho. Os lo voy a decir: me llamo Claudia, como las ciruelas, y regento un bareto de copas en Santiponce, frente a las ruinas de Itálica. Y esto es precisamente lo que estoy contemplando, o más bien vigilando por si algún julai  entra en el recinto arqueológico con aviesas intenciones expoliadoras. Un mosaico se enrolla como una alfombra y un  exvoto cabe en el bolsillo del móvil. Los ratos que me deja libre la barra del garito me salgo a la puerta y me quedo ahí fuera como si fuera una estatua para que los ladrones se confíen. Es entonces cuando pego el salto y dejo caer todo mi peso sobre el desgraciado que ha osado entrar en la ruinas. Luego llamo a los securatas que se ocupan de hacer la entrega del chorizo en el cuartelillo y poner la denuncia. Desde que me he hecho cargo de la vigilancia de Itálica los securatas se han relajado hasta lo indecible. Se quedan dormidos en el coche patrulla o se esconden a fumar porros entre los olivos. Alguno ha habido que se ha mosqueado cuando les he avisado de una nueva captura. Así está el país. Y luego dirán que hay mucho paro.  Y mientras tanto, yo velando por la conservación del legado Trajano, Adriano y Teodosio sin cobrar un céntimo.