jueves, 19 de diciembre de 2013

GENTILEZA DE LA COMPAÑÍA


Cuento de Navidad


Como se verá, fue un grave desatino de la compañía aérea empeñarse en ofrecer un copa de navidad a los pasajeros en la sala de embarque. La mayoría éramos jubilados de un grupo que regresaba de Canarias. Los camareros del catering paseaban bandejas con cervezas y martinis entre los corrillos de viajeros.  Enpresaren aldeitasuna repetían en vascuence desde el mostrado porque el destino era Bilbao. Gentileza de la compañía, pues. Los aperitivos, selección de snacks del chino de las blancas luces, estaban en general maníos,  y la chacina olía a purines, pero los  viejos, a la señal de todo gratis, respondieron con el grito de "a por ellos".
Todos y todas  entramos en la aeronave pintones y pintonas prestos a roncar todo lo necesario. Pero el vuelo tenía demora y al comandante, por mantener el buen ambiente y amenizar la espera, no se le ocurrió otra cosa que invitar al personal del catering a que subiera a bordo y se trajera los restos del ágape. El Martini no era tal sino su falsificación de la marca Maritrini,  el más barato del mercado y más tóxico que la lejía El Conejo. Habían quedado muchas botellas sin abrir. Los camareros subieron a bordo tres cajas, unos 30 litros de maritrini. Todos y todas bebimos de él, más que nada porque era enpresaren aldeitasuna. Algunos ya empezaban a decir cositas en euskera. Exclamaciones básicas pero que creaban ambiente. Aupa y cosas así.  La broma duró lo suficiente para que los viejos dieran cuenta de todas las sobras del catering y para que entre las filas 2 y 12 se improvisara un orfeón que entonaba algo parecido al Boga Boga.  

Ya estábamos arriba, pues. El comandante agarró el micro y anunció al pasaje:  volamos a 30 mil píes y hemos alcanzado la velocidad de crucero. Podéis desabrochar cinturones, levantaros e ir a mear. Cura antes que piloto, pensé.  Puede que quisiera decir podéis ir en paz, pero dijo mear. Sólo fue un lapsus linguae, uno freudiano, no es que la lengua se hubiera encaminado hacia el agujero marcado con una equis.
Mi próstata,  tan susceptible, tomó la invitación por mandato y  reportó: levántate y camina ligero hacia el baño. En el check in online había clicado la casilla "sin elección de asiento" por no financiar otra raya a las amantes de los capos de la compañía aérea y porque tengo leído que en caso de accidente, estén donde estén, palman todos los seres vivos salvo las cucarachas. Resultado: última fila pasillo. Pero Dios, en sus famosos renglones torcidos, me mandó un mensaje: ánimo chaval. No hay mal que por bien no venga. Estás a medio metro del váter. Inmejorable posición de salida. Levántate y anda. Le agradecí más que nada que me llamara chaval cuando me toca soportar un tacto rectal preventivo cada 6 meses.
 
Al anuncio del comandante, y sin esperar a que nos anunciara la ruta ni la previsión del tiempo en destino, una multitud de ancianos se levantó y taponó el pasillo. Pero yo ya estaba dentro del baño con la bragueta abierta cuando escuché a la turba tratando de meterse en el otro aseo disponible en la cola del aparato. También escuché a la sobrecargo recordando a los más desesperados que los baños en la proa eran para uso exclusivo de viajeros business class.  Quiso mostrarse cercana y dijo por megafonía: a la cola pepsicola. Se hizo un silencio espeso, visible como humo. Sus compañeras azafatas rompieron el embrujo con tímidas risitas corporativas. Ante el anuncio, los desplazados de proa se precipitaron hacia los baños de popa esperando encontrar un mejor futuro para ellos y para sus vejigas incontinentemente dadas de sí. La carrera de los viejos fue tan brusca que desequilibró el avión con un súbito hundimiento de cola. Esto es el fin, pensé encerrado en el wáter, pero el piloto estaba creativo gracias al Maritrini y tuvo los reflejos necesarios para hincar el morro del avión y recuperar la  estabilidad y el rumbo. Entonces agarró el micro y dijo: a que os ha gustao... sois unos cabrones. Como hagáis la pilula otra vez, abro la trampilla del pasillo para que ensayéis pajaritos por aquí pajaritos por allá en caída libre.


Vuelta a la cola:  uno de los baños ya lucía la señal roja de ocupado porque el destino me había puesto en mi sitio y estaba dentro y ahora dispondría de mucho tiempo, y sobre todo de la tranquilidad que necesito para arrancar. Estaba tardando tanto que la azafata comenzó a aporrear la puerta preguntado si me encontraba bien. Claro cariño. Estoy tan a gusto que me voy a sentar un rato en la taza. Llama más tarde a ver si ha habido suerte. O mejor, yo te aviso cuando termine. Me alegré de llevar encima un bolígrafo que me regalaron los del Sindicato de Hostelería en Maspalomas. Pensé que era un buen momento para levantar acta de la situación. Así que tomé un cabo del rollo de papel higiénico y empecé a escribir: Ya estábamos arriba. El comandante agarró el micro y anunció al pasaje:  volamos a 30 mil píes y hemos alcanzado la velocidad de crucero. Podéis ir a mear

miércoles, 9 de octubre de 2013

2013

Foto SM
PARA ARIADNA. PARA EMPEZAR
Hola, soy Marcos.  Marquitos en casa. Hasta hace poco vivía feliz en el hogar familiar. Clase media-media emergida de la baja-baja en los años del desarrollo. Nunca faltó de nada, pero tampoco se despilfarró. Aunque a veces me resultara odiosa, debo reconocer que admiraba secretamente la austeridad de mis padres en la administración de la breve economía doméstica, un rigor contable que ellos traían aprendido de la pobreza en la que vivieron sus propios padres.
Hace unos meses que la crisis me echó del nido, reproduciendo la historia de mi abuelo cuando huyó del pueblo porque dos vacas, un prado y una fanega de tierra de labor no daban abasto a ocho bocas. Podemos concluir, por ello, que en la historia familiar hemos retrocedido dos casillas. Nadie tiene la culpa, claro.
Soy urbano. No he llegado a conocer los veranos en el pueblo, aunque el verbo veranear me trae no se qué nostalgias. Soy de bloque, de metro y pertenezco a una tribu urbana identificable. Da igual cuál de ellas, todas están contagiadas de gregarismo. Eso dice mi padre que no tiene puta idea de nada, que piensa que gregario es un seguidor del papa Gregorio - de cualquiera de ellos -  y que me pone de los nervios cuando se lanza a enumerar las dichosas tribus con pretensiones sociológicas: punkies, góticos, skaters… que escalofríos. No me ha costado demasiado acostumbrarme al ritmo que impone Bruselas y me la pela si no veo el sol en todo el invierno. A fin de cuentas cuando estaba en casa era ave nocturna y el día lo pasaba encerrado en el cuarto con el ordenador, mirando temas propios de mi tribu urbana que diría mi padre, ahora con manifiesta mala baba. De sol y naturaleza, más bien poco. Como digo, ni veraneaba en el pueblo ni falta que hacía. 

Aquí soy Marc y he conseguido un buen trabajo. Mantengo los cacharritos infantiles del aeropuerto. En realidad sólo hay uno: un helicóptero/perro azul con gorra amarilla, unos ojos pegados al parabrisas, y un hocino y una sonrisa pintados en la boca. Un euro en la ranura da derecho a dos viajes. Dos euros, cuatro viajes.  La compañía no oferta tarifas especiales por viajero frecuente, ni planes de puntos ni nada. Así son las cosas en la capital de Europa. Dos más dos son cuatro y a mamar.
No es un mal curro. Tengo que ir al aeropuerto dos veces al día. A las 12 de la mañana y a las 6 de la tarde. Entonces doy de mano, como todo cristo en Bruselas. Viajo en tren hasta el aeropuerto y vuelta. Nada más llegar a la entrada, me cuelgo la credencial al cuello. Entonces me da el subidón. Estar acreditado y pasear por los suelos acristalados con la tarjeta plastificada con el nombre bien visible es lo más a lo que uno puede aspirar en un aeropuerto. Claro que mi deambular solitario no es comparable con el poderío de esas tripulaciones encabezadas por gigantescos comandantes escandinavos, titanes de los cielos, galones y entorchados de oro, seguidos por un ejército de sobrecargos y azafatas embutidas en trajechaquetas y taconeando con garbo su camino hacia el embarque a Helsinki. Un desfile posmoderno tirando de troleys. Nada que ver, como digo, con mi paseo discreto, con mi caja de herramientas y el cajetín de recaudación de recambio bajo el brazo. Pero prefiero esta libertad de llanero solitario caminado a mi bola por este terreno pulimentado. ¿Quién da más?
Luego paso por el arco de seguridad saludando a los securatas que ya me conocen y se relajan en la inspección. Si me lo propongo podría ir metiendo poco a poco los componentes necesarios para montar una pequeña bomba y ponerla en el helicóptero. Una caja de herramientas da para mucho. Lo haría sólo por ver los titulares en prensa: vuelan un helicóptero infantil en la sala de espera del aeropuerto. ¿Escribirán helicóptero, sin más, o pondrían helicóptero/perro? ¿O buscarán un neologismo como heliperro?  Esta posibilidad me fascinaba y no puedo evitar una sonrisa autocómplice al pensar en ella. Pero no sé porqué tengo estos pensamientos. Yo soy un tipo tranquilo y además no sería sensato matar al heliperro que me da de comer.
Una vez dentro de la zona de seguridad me acerco a la aeronave. El espacio no está señalizado ni acotado, pero si nadie demuestra lo contrario, el piso donde reposa es técnicamente hablando un helipuerto. Abro la trampilla donde se oculta el cajetín de recaudación y lo reemplazo por el que traigo vacío, engraso un poco las zonas de rozamiento – apenas un chorrito de aceite multiuso - limpio el parabrisas con cristasol, le doy un besito en el hocico y me voy. La gente que se percata del beso hace como que no se sorprende porque van de cosmopolitas y la indiferencia es lo primero. Sin embargo la mayoría daría la vida por saber porqué lo hago y muchos de ellos, cuando se hayan alejado de mí, preguntarán a su pareja: ¿has visto al tío ese besando el cacharro?
Tomo el tren de regreso a casa. Gerry Taylor es un sierra-leonés de ébano que nos prepara comida picante, nos enseña inglés y limpia las zonas oscuras del piso para alegría de los 3 estudiantes internacionales con los que convivo. A cambio recibe  cama y manutención gratis. El barrio es multicultural, es decir, está petao de negros. I love it le digo a Terry solo por ver su dentadura de caballo. Por las noches, Terry es nuestro salvoconducto para atravesar los grupos que vigilan el territorio desde cada esquina. Sistemáticamente rechazo las insistentes propuestas de mi madre de “darme una vuelta por Bruselas a ver cómo te las arreglas”. De Terry se que le gustaría su musculatura de chapapote. De lo demás, nada.     
 A veces no  me compensa hacer dos viajes, me quedo en el aeropuerto y aguardo hasta las 6 de la tarde para hacer el cambio de cajetines. El Protocolo de Visibilidad de los Acreditados (AVP en sus siglas inglesas) nos prohíbe tirarnos en los butacones de las zonas de espera como lo hacen los pasajeros. Mientras portemos las credenciales al cuello, estamos obligados a caminar de prisa, con paso firme, la mirada al frente e impasible el ademán. Así que en cuanto termino la faena de las 12, me guardo el colgante en el bolsillo, saco el bocata y la bebida que escondo en la caja de herramientas y hago un picnic breve. Luego pillo tres butacones seguidos y me pego una siesta de dos horas. Y encima me pagan. No mucho,  pero lo hacen con regularidad, y esto por no mencionar el glamur del aeropuerto que tanto me pone.
El helicóptero, olvidé mencionarlo, no llega a despegar.  Simplemente se mece y da brincos, pero no se separa un milímetro del suelo. Los niños, sin embargo, creen que están volando. Con el mismo mecanismo, la empresa monta otros cacharritos con carrocería de trenes, barcos, caballitos, tractores, pero todos hacen lo mismo: mecer y brincar.  El ocuparme únicamente de este helicóptero me ha permitido especializarme en él y llegar a amarlo.
También olvidé decir- ¡qué cabeza la mía! – que soy ingeniero aeronáutico - precisamente aeronático -  y terminé un máster en el Illinois Institute of Technology. Hablo inglés, alemán, francés y estoy empezado a chapurrear flamenco de Flandes, aparte del tirititrán tan tan que traigo de fábrica. 
A pesar de haberme formado en el campo de la tecnología, heredé de mi padre una cierta habilidad para el relato y ahora, al contar lo que  estoy pasando, consigo relativizarlo y sobrevivir a esta mierda que me ha tocado en suerte.
En definitiva, sobrevivo porque puedo contarlo, o al revés que diría el otro, el que no tiene culpa de nada.

domingo, 9 de junio de 2013

VOLANDO VOY

PARA JULIO, maestro y guardián del género


El cuerpo, con seis tiros bien encajados, yacía en la pista nº 2  en un charco de sangre. La cabeza, con sus seis agujeros redondos y limpios como canicas, contemplaba el cielo despejado con ojos inexpresivos. Pero para llegar a este lamentable estado habían tenido que ocurrir varias cosas.
Dos horas antes. Aún estaban en tierra. Al pasajero del 6C, pasillo, no le pareció convincente la azafata cuando empezó a enumerar las terribles consecuencias que soportarían los  pasajeros si no tiraban de la máscara de oxígeno en el momento de la despresurización. Y una mierda, tu sí que estás despresurizada pensó el pasajero del 6C. Menos gracia le hizo que la azafata empezara a hacer aspavientos con los brazos señalando las puertas de emergencia,  y a acojonar a todo Dios anunciando que serían inexorablemente devorados por las pirañas si caían al océano y no llevaban puesto el chaleco-flotador butano que encontrarían debajo de sus asientos. Ella misma hizo una demostración de cómo ajustarlo al cuerpo. Te sienta como el culo, so guarra, dijo flojito pero con rabia el pasajero del 6C. Te he pillao. Las pirañas son de agua dulce y, que yo sepa, el Amazonas sólo resulta algo salado en su encuentro con el mar.
La sangre le comenzó a hervir cuando la muchacha interrumpió el discurso con la lista de calamidades para decir que se encontraba fatal de la garganta, forzar un carraspeo y finalmente anunciar que el resto de amenazas podría ser consultado cómodamente en el vídeo-demo que estaba a punto de proyectar.  Y sin más, corrió las cortinas y desapareció del escenario. De inmediato un busto parlante que apareció en todas las pantallas de la cabina volvía a la carga con las máscaras, los chalecos-flotador butano y las pirañas. La gota que colmó su paciencia llegó cuando el busto agregó de su propia cosecha: os tenéis que lanzar por la rampa lateral del avión que desplegaremos una vez procedamos a la incineración de la nave. Porque si no nos portamos muy bien y acatamos sin rechistar las instrucciones de nuestro querido comandante, seremos nosotros mismos quienes, aun sin quererlo, ni tan siquiera saberlo,  prendamos fuego a la aeronave y nos condenemos al fuego eterno. Ah¡ -  terminó el busto en tono de monja-scout - y los que estéis en mejores condiciones físicas por favor permaneced en el avión ayudando a los más débiles hasta la completa evacuación del aparato

Este mensaje final le sentó casi tan mal como que los seis tiros que pronto recibiría, y no tanto porque aquella guarra virtual le estuviera exigiendo que arriesgase su vida por cuatro pringaos. En el video-demo acababa de ver al comandante escapando por el parabrisas como una rata en cuanto aparecieron las primeras llamas. Lo que le jodió de verdad es que el busto utilizara la expresión “evacuación del aparato” porque en ese momento tuvo la visión nítida del avión como una enorme polla con el glande metido en una cuña de hospital, o sea, en la cuña. De pronto, en segundo plano, y un poco desdibujada por la penumbra, se podía adivinar la figura de una horrible enfermera con botas altas de cuero y látigo en mano que conminaba al aparato para que evacuase de una puta vez porque terminaba su turno y tenía que recoger al niño en la guardería. "A ver si te enteras de lo que es la conciliación familiar, so capullo".

No pudo más, se desabrochó el cinturón de seguridad, se levantó del asiento 6C y voló  por el pasillo hacia la cortina echada. De un enérgico tirón la descorrió y descubrió a la azafata ronca que se daba el lote con el sobrecargo macizo en la trastienda - por esto tenías tanta prisa por terminar la charleta ¿eh? -  la trincó por el moño y la sacó al pasillo como quien presenta una nueva marioneta en el guiñol.  La sujetó por la espalda rodeando el cuello de la muchacha con su brazo fuerte y peludo y la enfrentó al pasaje.
Ok mona. Ahora vas a decir a la peña que todo es mentira, que el infierno que nos has contado no te lo crees ni tu misma, que recibes órdenes de arriba para que nos digas que no se nos ocurra volar en otras compañías porque todas, absolutamente todas, están condenadas a hundirse en el fondo del mar, a estallar en el aire por la despresurización repentina o a arder en el fuego eterno  del avión incombustible.”
El pasaje escuchaba perplejo pero muy atento. La mujer, aún cogida por el cuello, blanca como la leche, tenía los ojos, grandes como platos de nouvelle cuisine, inyectados en sangre. El silencio se podía cortar hasta con un cuchillo de plástico del menú de la Turkish. Entonces alguien al fondo rompió el hielo y gritó : “es cierto, nos quieren acojonar para que les guardemos fidelidad eterna mientras nos sacan los cuartos y ya ni siquiera nos dan un asiento numerado con la tarjeta de embarque. No hay infierno. Solo existe  en sus planes y en nuestras mentes si nos lo creemos.” Y empezó a aplaudir con fuerza. Su compañera de asiento le siguió y pronto la ovación sería unánime, cerrada y atronadora. Con el jaleo nadie se dio cuenta de que el avión se había detenido en la pista 2.

Y entonces ocurrió. Tras el hombre que abrazaba a la azafata apareció la figura enorme del comandante saliendo de la carlinga. En silencio se fue acercando lentamente a él. Estaba claro que el sobrecargo cachas le había avisado del tumulto en la cabina y del pasaje amotinado. Continuó aproximándose al cabecilla sin que este se percatara de su presencia. Sin un gesto y sin avisar levantó el revólver y descerrajó un único tiro en la nuca del hombre que se desplomó fofo como un invertebrado.  Después, sin preocuparse siquiera por la azafata recién liberada, descargó el resto del tambor en la cabeza del muerto, abrió el arma y las seis vainas vacías salieron expulsadas.  Entonces levantó la vista del fiambre y  miró desafiante al pasaje: y ahora todo cristo con el cinturón bien apretadito y el asiento el posición vertical, ordenó.


Detrás de la cortina, y sin esperar la orden porque conocía su obligación, salió otro azafato esclavo del body building y junto con el sobrecargo cachas cogieron el cadáver por la axilas y lo arrastraron por el pasillo hacia la puerta. La moqueta absorbía con rapidez el tremendo reguero de sangre. Abrieron la puerta del avión, cogieron de nuevo el cuerpo, ahora por brazos y pies, lo mecieron un par de veces y a la de tres lo lanzaron con fuerza sobre la pista. Los pasajeros de la fila izquierda contemplaron aterrorizados y en silencio como el cuerpo volaba sin motor, golpeaba el suelo en silencio y quedaba tendido sobre la pista nº 2 mirando al cielo con ojos de bacaladilla. Los pasajeros de la fila derecha, sin saber exactamente qué estaba ocurriendo, se congelaron en sus asientos en posición vertical con los cinturones de seguridad bien apretados.


domingo, 19 de mayo de 2013

RODAR Y RODAR


"Una piedra del camino me enseñó que mi destino era rodar y rodar"
El Rey. José Alfredo Jiménez
Perdí la memoria tras una desgraciada caída de la bicicleta. No llevaba casco. Entonces no existían y me golpeé la base del cráneo con una piedra. Era de estreno. Mi regalo de cumpleaños. Yo no sabía montar en bici y mis primos trataban de enseñarme. Uno me sostenía por el sillín mientras otro agarraba el manillar. Dijeron "ahora" al unísono y me soltaron. No guardé el equilibrio ni un segundo. Supongo que no sentí dolor al rodar por la ladera porque la hierba era abundante y mullida. Una gran piedra detuvo mi cuerpo y mi tiempo. El accidente confirmó los peores presagios de mi padre, reacio hasta entonces a comprarme un juguete tan peligroso. Mi madre, siempre proclive a consentir los caprichos de su niño del alma, convenció a su marido y me compraron la bici para que me cayera el día del estreno. Así lo repetiría mi padre hasta el día de su muerte y ese sería el reproche de alcoba de los siguientes años de convivencia: le has comprado la bici al niño para que se caiga el día del estreno. Siempre me he preguntado si mi padre habría sentido tanto mi accidente si me hubiese caído de una bicicleta prestada. 

Como dije, los recuerdos anteriores a la piedra se borraron. También la mayoría de los posteriores. Todo lo que puedo contar sobre mi vida, lo cuento de oídas, por eso suelo decir que tengo un pasado prestado, sometido a la memoria de los otros, a la medida de sus intereses, de su necesidad de recordar y de olvidar, y por tanto mucho más incierto que el de cualquier otra persona. Me crié, dicen, en una familia sobria en los tiempos del dictador. Mis antepasados habían bebido mucho vino a lo largo de las generaciones porque el vino era el fruto de su trabajo y el único consuelo que les ofrecía el valle de lágrimas donde faenaban de sol a sol. Al abandonar los campos y llegar a la ciudad para emplearse en el astillero, mis abuelos empezaron a considerar la bebida como un vicio impropio de su nuevo estatus urbano y se volvieron taciturnos y aburridos porque no ya no podían ahogar sus penas, ahora su desarraigo, en alcohol. 

Mi hermana mayor, mi confidente, la forjadora de la mayoría de mis recuerdos, me cuenta que un día descubrí que mis vecinos del tercero izquierda, también desertores del arado, habían seguido fieles a sus tradiciones y bebían vino sin mesura, no tenían hijos de los que ocuparse y celebraban extrañas ceremonias beodas en su saloncito. También afirma que yo, lector insaciable de cuentos y fantasías, me empeñaba en decir que mis vecinos, en otro lugar o en otro tiempo habrían sido chamanes imponiendo sus manos sanadoras sobre sus vecinos y que tal vez deberíamos consultar con ellos porqué papá y mamá discutían por todo y la casa era un infierno sobre todo después del accidente. Sin embargo, en mi bloque nadie se habría dejado tocar por esa pareja borracha del tercero izquierda. Apenas nadie les saludaba en la escalera. Dice mi hermana que a ellos siempre les daba mucha alegría encontrase conmigo, metido en mi cochecito de bebé con apenas un año. Sólo se atrevían a hacerme bromas y darme mimos cuando ella, mi hermana, se encargaba de sacarme al parque cercano. Mi padres se negaban a darles los buenos días y cuando eran ellos los que me paseaban, mis vecinos apenas se atrevían a dedicarme un sonrisa furtiva. Ella y él bebían en soledad y bailaban agarrados hasta altas horas de la madrugada. Lo hacían con la música muy baja, para no molestar ni dar escándalo, a veces en silencio, hasta desplomarse y rodar por el suelo, como yo rodé por la montaña, y hasta olvidar como yo olvidé. Cuando caían terminaba el espectáculo para mí. Yo les espiaba a través del patio de luces, hasta donde podía,  con la luz apagada y escondido tras los visillos de mi casa, en el  tercero derecha. Cuando mi hermana, mucho más observadora que yo, se incorporó al espectáculo, llamó mi atención sobre la cómoda. En lugar del inevitable juego de alpaca compuesto de espejo de mano, cepillo de pelo y peine de carey, cada pieza en su bandejita también de alpaca, la cómoda estaba repleta de artefactos inidentificables pero de formas fálicas. Cadenas, grilletes y corsés de cuero colgaban de las paredes. 

Mi hermana me ha contado otras muchas historias de las cuales he sido protagonista o actor de reparto, como cuando mi padre empezó a beber para olvidar el episodio de la bicicleta de estreno o la noche en que dio la primera bofetada a mi madre entre insultos y reproches por haber accedido a mi capricho y  ser culpable de mi desgracia. Y sin embargo la visión de mis vecinos y sus danzas rituales me asalta con mayor frecuencia que ninguna otra. Trato de fijar sus caras y sus evoluciones en el saloncito, pero cuanto más me esfuerzo, más rápidamente caen al suelo y desaparecen de mi vista. Mi hermana asegura saber qué pasaba a continuación, pero yo creo que eran meras suposiciones y no me atrevo a dejar constancia escrita de lo que no he presenciado ni recuerdo.

He gastado una fortuna en médicos y terapeutas, en curanderos y sanadores, todos ellos charlatanes sacacuartos. Nadie ha sido capaz de abrirme las puertas de la memoria de modo que pueda salir a recoger los escombros de mi vida. Si hoy cuelgo en el espacio virtual estas notas, lo hago para mi propio consumo, para poder agarrarme a ellas mañana y saber que mi existencia se malogró contra una piedra del camino.

Hace tiempo que me mudé de aquel bloque. Ahora vivo solo y paso las horas muertas en un balcón con vistas al parque. Como mis antepasados, como mi padre y como mis vecinos del tercero izquierda, bebo mucho. Lo hago para recuperar mis propios recuerdos porque no me fío de los que me ha prestado mi hermana. De hecho ni siquiera estoy seguro de que esta mujer desaliñada que viene dos veces al mes a traerme las medicinas, cambiarme las sábanas y limpiar el váter y la cocina, sea mi hermana.