miércoles, 12 de diciembre de 2012

ILHA DE TAVIRA


En cuanto pisé la isla me sentí lleno de inspiración. A cada paso me asaltaban visiones que desde el primer momento  me parecieron demasiado profundas para ser mías. Por ello me entraron las urgencias por transferir al papel lo que veía, no fuera que se me fuera el santo al cielo al paso de una sorprendente y nueva revelación. Tener una idea genial y olvidarla al instante es mi peor pesadilla. Mi segunda peor pesadilla es recordar la idea y comprobar que no era tan buena o que, mejor pensado, era un valiente desatino. Si la inspiración me llegase con frecuencia, llevaría siempre conmigo cuaderno y estilográfica como he visto hacer a mucha gente, sentada en los bancos del parque, en las estaciones de tren y en las terrazas de los cafés parisinos. Por eso, porque casi nunca se me ocurre nada genial,  tengo que recurrir a las consabidas servilletas de papel, a mis rodillas en modo mesa, y a los bolis que regalan los sindicatos. Una mierda de bolis.

Pero en la isla de Tavira la suerte me sonrió y empecé a pensar en ella como una moneda, cara y cruz, metáfora de la vida y de sus reinos gobernados por el azar. Un gran hallazgo. De inmediato me lancé a elaborar el discurso al que, por sus connotaciones marinas, denominé provisional y genéricamente plus ultra. La cara sur de la isla se enfrenta al mar abierto desde una playa desierta conquistada por olas terribles y testarudas llegadas del fin del mundo, reluciente la arena en la retirada de las aguas, horizonte curvado como el espacio y el tiempo. Y así sucesivamente. Me sentía pletórico. Ni un papel a mano. Busqué urgentemente los resguardos del billete del barco que nos llevaría de regreso a tierra firme para poder describir estos primeros golpes de luz y de paso asegurarme de que no perderíamos el último barco a Tavira. Comprendo que es prosaico preocuparse por la vuelta al hotel cuando uno está en vena, pero la isla permanece deshabitada en invierno y nada hay más desolador que pasar la noche entre hidropedales varados en una isla desierta. Un ticket de barco no da para mucho. Quise ser selectivo y trascribir lo imprescindible.  Apoyé el ticket en mi rodilla, pinché con demasiada fuerza el papelito, tuve mi tercera peor pesadilla al perforar el papel con la punta del boli de CCOO, acto fallido por excelencia, y como consecuencia retrocedí a mi  primera peor pesadilla: se me fue la idea seleccionada para ser transferida al papel y por tanto al mundo, al futuro, a mis biznietos sentados en la taza del váter leyéndome y preguntándose qué le pasaba al abuelito, maldije mi suerte, me volví a Rebeca, y de pronto, sin que ella entendiese nada y confirmando así su idea de que me estoy haciendo muy mayor a pesar de la alterofilia y los largos de piscina en verano y de que las golondrinas de la razón, de mi cabeza no volverán sus nidos a colgar, le dije pues:  mi amor, para Reyes quiero un cuaderno de notas sin usar y una estilográfica aunque sea de las modernas de cartucho. Ella me miró desazonada y  yo, sin duda impactado por su rictus de desconsuelo, recuperé por un momento la visión y por fin escribí: Sur. Cara al mar. Las olas se follan la playa. La playa, por su aspecto resplandeciente cuando la ola se retira, parece satisfecha. Cuando se va la ola quiero estar sola. Recuerda, nueva metáfora. Es cuanto pude escribir.


Buscar la cruz en la isla fue muy sencillo. Todo resulta allí previsible, como un menú de bar barato, apenas un checklist. Tenemos el embarcadero y el barco que viene y que va cargado de personas que acarrean sueños, cañas de pescar, sombrillas y neveras llenas de comida envasada del hiper. Aquí el más allá está muy cerca, apenas media milla con la marea baja. En verano me atrevería a cruzar a nado, incluso a pié. Calzando unos zapatos de goretex no creo que llegase a hundirme bajo el peso de vuestra sabiduría, abandonado,  como una piedra. Desde la cruz de la isla puedo ver luces blancas y amarillas a lo largo del paseo marítimo, fábricas de salazones y conservas, anzuelos oxidados en el suelo que pinchan bicicletas, grupos de incautos y reclamos de neón para ellos,  luego casas y después montes, y más allá nubes y atardecer. Mucho más cerca hay arenas marrones cubiertas de cañas y de algas, afluentes, alguna botella de plástico y una silla de ruedas que cría mejillones en el fondo turbio. Un Lázaro curado y eufórico arrojó su cruz a la mar inmensa. Aquí en la cruz de la isla no tengo visiones ni pesadillas ni me hacen falta el papel, las rodillas o el bolígrafo. Aquí saco fotos y más fotos pero me siento inerte y pesado.

martes, 20 de noviembre de 2012

viernes, 16 de noviembre de 2012

VAQUEROS... A LA PISTA

Dios bendiga y proteja cada rincón de los verdes carriles bici que surcan estos llanos resecos. Pistas paralelas donde los cruces son imprevisibles. La vida aquí transcurre en otra dimensión. El tiempo justo para echar un vistazo fugaz a la máquina y otro al jinete. Los triciclos no abundan en la pista. Encontrarse con un vaquero en chándal a bordo de un triciclo solo puede traernos ventura y alegría en un día como este. Cualquier día. Es un buen augurio. Aupa campeón. ... y una canción para la ocasión...Cowboy of dreams 

LA CIGARRA Y YO


video
La flauta del afilador se llama chiflo. Me quedo un rato más en la cama, narcotizado por la repetición de la misma escala una y otra vez. Debe hacer frío ahí fuera. El cielo parece de cristal.  ¿Sábado? El afilador sólo nos visita en sábado. Al cabo de un rato consigo levantarme mientras el afilador dobla la esquina. Estoy chiflao. Me pasa con las cigarras en verano.  No consigo ver ninguna a pesar de que no dejo de oír el batir de sus tambores. Las cigarras no cantan. Samaniego mintió. Tocan los timbales en la cámara de resonancia de su abdomen. Las hembras son silenciosas. Algo parecido me pasa con el afilador. Nunca lo he visto. Sí claro, todos nos lo encontrábamos cuando éramos niños, pedaleando para hacer girar la piedra redonda, o más recientemente subido cómodamente en el ciclomotor. Siempre lanzando el chorro magnífico de chipas. Qué gran espectáculo callejero. Y gratis. Pero desde que vivo en este barrio autista, oigo la música pero no veo al hombre ni sus chispas. Hoy me he levantado resuelto a buscar al afilador. He cogido la bici y he aguzado el oído en busca del sonido mágico del chiflo. Sabueso de barrio. Me ha costado mucho localizarlo. Como la cigarra. Se oye por todos lados pero nadie sabe donde está. Cuando por fin lo he alcanzado me he llevado una tremenda decepción. No hay bicicleta, ni moto, ni chiflo… Un coche con un altavoz repite en bucle infinito un chiflido grabado. Ahora me queda la duda de si la tamborrada de las cigarras en verano también está grabada, si es una gentileza del ministerio de medio ambiente para recrear el sonido que producía la reina del verano, la extinta chicharra. 

lunes, 2 de julio de 2012

MEDITERRANEO


En su éxito Colours, Donovan Leitch, Chato de Glasgow para el mundo de la farándula, prometía no utilizar jamás la palabra libertad en vano. Yo también soy muy prudente en el uso de algunos términos. Me ocurre, por ejemplo, con el verbo detestar… demasiado rotundo, áspero, irrevocable como un portazo.   He querido documentarme sobre el término antes de sacarlo a la pista. Pensaba que detestar sería, en otra época, sinónimo de decapitar y que en algún diccionario encontraría  la siguiente entrada: Detestar: arcaico. Cortar la cabeza. Decapitar. Pero una cosa es el aroma que uno cree percibir en las palabras y otra  el sabor que – como en los melones sin calar - encuentra al abrir el diccionario. Por  ejemplo, siempre pensé que diletante significaba lento en la toma de decisiones o que bizarro era en realidad Pizarro en uno de esos días en que la barba se le volvía inexpugnable a la espuma de afeitar  y a las cuchillas más afiladas. Ni una cosa ni la otra. Lo mismo me ha ocurrido con la palabra detestar.  Una breve inmersión en internet, propia del diletante que soy, me habla del origen indoeuropeo del término, emparentado con el árbol inglés, tree, y con el testigo y el testamento romanos. El detestado es aquel que, como el árbol mudo,  permanece ajeno a los hechos que presencia, expulsado por los dioses del centro de acción, devaluado a la condición de mudo testaferro. Don Tancredo en la corte del Rey Argeo.

Para mejor comprensión, debo ilustrar el caso con algo realmente detestable y merecedor de ser arrojado  con furia y con la venia de los dioses a las tinieblas exteriores.  Sin duda lo peor son las descripciones exhaustivas de las situaciones que aparecen en algunos textos.  Y si no soy un gran lector, ni tan siquiera pequeño,  es culpa de párrafos como este: el camino, apenas un sendero trazado en el vasto páramo, se veía cubierto de cantos rodados, primorosamente seleccionados y ordenados en geométricas formas, aquí poliédricos caprichos,  allá elipses concéntricas, y aún más lejos esferas reverberantes a la luz cenital, blancos en su mayoría y formando una suerte de pétreo tapiz flanqueado – ¡¡¡atención!!! - de cipotes, rododendros y abedules cuyas hojas amarilleaban por la inesperada y excesivamente madrugadora llegada del otoño.  Por allí transitaba cabizbajo y harapiento el hombre de la barba rala e hirsuta cabellera.… Entiéndase aquí cipote en su acepción de mojón de piedra. En contra de la intención del autor, y precisamente por lo detallado de la descripción, al protagonista le llevaría toda una vida, la suya propia, llegar a entender por donde estaba transitando y si el hecho de que los cipotes y los rododendros le salieran al paso, tendría alguna consecuencia en su vida, enfrentado, como todos lo estamos, a distinguir entre lo contingente y lo necesario. De ahí su bizarro desaliño.

¿Habrá alguien a quién le importe si la alfombra estaba flanqueada por rododendros o por arbustos del inevitable boj? El autor podría haber construido un micro relato, género tan en boga,  diciendo sencillamente que  el viejo, al percatarse de sus circunstancias – el sendero de cantos rodados, los cipotes, los rododendros y los abedules -  se sumió en un caos interior del que jamás saldría.

A lo que iba, y para no perderme en el espejismo hiperrealista, simplemente diré que sucumbí a los encantos de la vida a pleno sol, por fin descalzo, en las playas del Mediterráneo al que conocí allá por los años setenta. Allí encontré unas cuantas respuestas en el viento. Tal como me había sido anunciado, escondido tras las cañas dormía mi primer amor. La tierra de Marisol, la gran bola de fuego viajando a diario de levante a poniente ante mis ojos estupefactos, los pies clavados en la arena mojada, la imagen más vívida del desarraigo. Todo contingencia. Todo necesidad. Fin del misterio.  



viernes, 11 de mayo de 2012

ELLA ME PERTENECE


“… ella tiene todo lo que necesita, ella es una artista, ella no mira hacia atrás. Ella puede sacar la oscuridad de la noche y pintar el día de negro 

Vuelvo por un instante a este amigo mío tan pesado…el de los dolores… Es buena gente, pero un poco cargante. Otra palabra de mi madre: cargante. No se si alguien más la utiliza. Me cuenta mi amigo el cargante que en otro tiempo aspiraba a ser artista, seguramente obsesionado por los enigmas encerrados en las letras de su admirado Dylan. Mi amigo siempre creyó ver algo de luz en aquel bosque inquietante donde convivían personajes tan estrafalarios como aquellos vándalos que se llevaron las mangueras de los surtidores con el hipnotizador coleccionista, o el coleccionista de hipnotizadores. Vaya usted a saber qué se había tomado esa noche Dylan. No creo que mi amigo llegara a sacar mucho en claro después de tantos años... pero en fin, él era feliz en aquella suerte de matrimonio aunque Dylan no le regalase jamás un ramito de violetas ni mucho menos de certezas. En un momento de euforia, antes de que las crisis empezaran a apretar más y más, se me vino arriba y aseguró que si Bob transitaba por el lado oscuro, él prefería el tendido de sol. Dijo entonces que había pensado sacar la luz del día y llevarla al corazón de la noche y añadió que en su último viaje a Egipto se había comprado  un anillo que emitía destellos cuando él hablaba… cosas así…. A mí todo esto me resultaba un poco patético pero también muy familiar, muy revisitado, como a él le gustaba decir a la dylanesca manera. A él, sin embargo, parecía reportarle alivio y por ello siempre lo di por bueno. 

Ahora está un poco mayor. Los dolores lo mantienen postrado y le impiden tomar altura. Dique seco dice. Tumbado en la cama mira la lámpara de 7 brazos que cuelga del techo y decide sobre diversas opciones: oveja saltando por el campo.El animalito tiene dos patas delanteras, dos patas traseras, la cola y la cabeza. No puede ser. Son 6 elementos. A la lámpara le sobra un brazo o a la oveja le falta una extremidad. Vamos a ver...una araña de siete patas… No. Demasiado fácil. 


Son muchas horas mirando al techo, hay que ser comprensivos. Me dice que ya solo espera que llegue la oscuridad y un viento helado se lleve el dolor. Aunque no deje nada a su paso. No le importa. Dice que ama las puertas de la noche, los sonidos del silencio o, en su defecto, los sonidos cristalinos de las Rickenbaker de 12 cuerdas (mi madre nunca podrá decir Rickenbacker), que sueña con cambiar la cama por el techo de una caravana y viajar tumbado, mirando las nubes y las estrellas... A pesar de que se pone un poco cargante con estas historias, yo le consuelo y le digo que eso que él desea es muy poético, que es un guerrero formidable tanto si está en pié como si pasa las horas tratando de descifrar el enigma de la lámpara en el techo, o recolectando hipnóticos, que definitivamente es un artista y sobre todo, que no mire hacia atrás. http://www.youtube.com/watch?v=UMqGqUcjYgs

martes, 17 de abril de 2012

TRUQUEMÉ

A la pregunta que todos me hacen - ¿por qué vas únicamente a exposiciones cuyos cuadros tienen marco y cristal? – siempre respondo: porque me gusta interactuar con la obra.
No soy buen paciente, ni espectador, ni lector. No puedo estar quieto o pasivo. Si el cuadro tiene cristal, este actúa como un espejo en el que me reflejo. De modo que estoy dentro y fuera del lienzo simultáneamente. Estoy dentro, como un elemento más del cuadro, oculto en el bodegón tras el manojo de cebollas, de la mano de la musa paseando despreocupado por el paisaje florido, en la marina respirando la brisa salada. Y estoy fuera, libre como el viento para hacer lo que me dé la gana… y si me apetece comer una uva del bodegón, pico y como, y si quiero tocar culo de musa, voy y toco. En el cuadro marinero puedo caminar sobre las aguas y no me hundo ante vuestra sabiduría como una piedra según cuenta Leonard Cohen que le pasó a Jesús. Si él se hubiera limitado a ir de exposiciones de cuadros con cristal otro gallo habría cantado, o simplemente se habría comido al gallo del bodegón de caza…desde fuera del cuadro, interactuando. … ¡¡¡ Y no habría Conferencia Episcopal!!!.
Yo, en cambio, sigo paseando por las aguas y si me canso, subo a la barca y charlo con Pedro o curioseo en las redes a ver que han sacado los pescadores. Como los jubilados en las obras !Coño ¡ Besugo…! y de buen tamaño… y así soy uno más en el lienzo… y todo desde fuera. Más complicado lo tengo ante la abstracción. ¿Qué hacer ante un Kandinsky? ¿Difícil eh? Aquí normalmente hago gimnasia rítmica o juego al truquemé y salto del círculo al triángulo o de la raya horizontal a la vertical. Yo comprendo que estos movimientos sorprenden un poco a los demás asistentes. Algunos se alejan de mí asustados. Pero en cuanto pillan de qué va la historia de los saltitos, pierden la vergüenza y empiezan ellos también a interactuar con los cuadros. Y así la solemne y aburrida exposición, se convierte en un fiestón en el que todos y todas se integran en sus obras favoritas. Anímate. El directo es la vida.

lunes, 9 de abril de 2012

EL MISMO BILBAO 2/2

Acababa de vivir mi primer terremoto. Seis con uno de la escala Richter anunciaría al día siguiente la televisión. Aunque allí estén acostumbrados a los temblores, el hecho de que mereciera unos minutos en el telediario japonés me hizo pensar que aquel meneo había sido algo más que la prescindible gentileza del hotel hacia sus huéspedes internacionales. Me consta que en algunos hoteles del centro de Tokio, escondido bajo el mostrador y al alcance exclusivo del recepcionista, existe un botón que activa leves sacudidas del edificio para regocijo de los turistas. Ya lo habían ensayado en el Titanic con los icebergs pero se les fue la mano con el volumen de hielo oculto bajo el agua. Ya se sabe, la punta del iceberg es engañosa. No era el caso. Esto era un terremoto-terremoto. Casi me parto la crisma al precipitarme por la escalera de emergencia desde el piso 22 al lobby. Llegué descompuesto pero todo parecía en orden, envuelto en una calma como de “Noche de Paz”. Suaves murmullos, charlas animadas y musho shushi en las mesas del restaurante. El recepcionista pronunció la palabra “normal” en varias versiones para asegurarse de que yo había entendido que aquello era normal. No obstante salí a la calle aún inquieto y ansioso por llamar a mi madre y contarle la experiencia. Cuando por fin ella contestó, y sin darme ninguna opción de contar mi historia, me hizo la pregunta de rigor, aquella que rompe el fuego en todas nuestras conversaciones: ¿qué tiempo os hace por allí? La misma pregunta que yo escuchaba al llegar al pueblo de veraneo (a su pueblo) después de un largo viaje en el coche de línea, allá en los lejanos veranos de la adolescencia. ¿Qué tiempo os hace? Ahora estaba en Tokio, pero recuerdo haber llamado desde Ashgabat o desde Gomel y haber recibido el mismo saludo: ¿Qué tiempo os está haciendo? Y ahora me extrañaba que lo formulase en plural porque yo viajaba solo. ¿Quiénes serían aquellos otros compañeros a los que se refería mi madre? ¿Tal vez los 15 millones de habitantes de Tokio? Y ¿qué significado oculto se escondía en su formulación? ¿No habría sido más lógico preguntar directamente: qué os está haciendo el tiempo? Así podríamos responder con rotundidad: el tiempo nos está dando por el saco muchísimo, si fuese el caso que durante nuestro fin de semana en la playa al cielo le diese por vestirse de gris.

Vuelvo a Tokio. Móvil pegado a la oreja y madre al otro lado del mundo. ¿Qué tiempo os está haciendo? Entonces miro al cielo y veo unas nubes grises bien perfiladas que me recuerdan los abdominales ondulados de un adicto al fitness. No me atreví a compartir con ella esta imagen que por un momento me pareció afortunada. Entonces suelto de forma atropellada: un terremoto. Ha habido un terremoto mientras trabajaba en el hotel. Y ella dice: vaya por Dios. Pues a ver si mañana levanta. Levantar el tiempo. Otra de sus frases. En el contexto que ella lo utiliza significa mejorar, hacer bueno, sapore di sale, sapore di mare, cosas así. Rebobino. Mamá, he vivido un terremoto en el piso 22 del hotel mientras escribía un email. Vaya por Dios. A ver si mañana os hace bueno. ¿A quienes? Ahora pienso que se refiere a mí en primer lugar pero también, y generosamente, a los 130 millones de japoneses que me rodean. Porque mi madre seguramente piensa que los tokiotarras, como los bilbainos, están poseídos por esta pasión desmesurada por escrutar los designios del cielo, hablar del tiempo a todas horas y hacer pronósticos, como quien, condenado a vivir en un ascensor, se ve obligado a sacar temas de conversación con todos los vecinos que suben y bajan. Y es que en Bilbao un terremoto no es fenómeno sismológico sino atmosférico. Me parece que mañana tendremos tiempo seco y soleado con sunamis ocasionales, comento al vecino que se sube en el cuarto. No se, no se, responde, he visto unos nubarrones con muy mala sombra que pueden traer chubascos dispersos y temblores moderados.

He pensado muchas veces en estas salidas suyas, las de mi madre, y a pesar del aparente dislate, creo que están muy meditadas y persiguen un objetivo tranquilizador, paliativo, y gozan de un misterioso poder taumatúrgico. Con sólo oír su voz preguntando por el tiempo, se conjuran los maleficios de la peor pesadilla en que uno pueda encontrarse allá en Terrorkistán. Y en esta ocasión, además, su breve discurso resultó ser profético, porque al día siguiente, como ella esperaba, levantó y brilló el sol naciente sobre Tokio y la tierra estuvo más quieta que Don Tancredo ante el morlaco.
Es mi madre. También del mismo Bilbao.

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=Bx4gd67LQ9I

jueves, 2 de febrero de 2012

EL MISMO BILBAO 1/2

¿Por dónde empezar? Por las lecturas. Creo recordar, no sin esfuerzo, que en aquel tiempo, en mi casa, lo que había era el Reader's Digest y la Gaceta del Norte. No puedo precisar cuando entraron los 6 volúmenes lujosamente ilustrados de las Crónicas del Ojo de Buey o el mini Espasa de 10 tomos prestos a responder unas consultas que nunca haríamos. Toda esa estantería, la de los lomos de grana y oro, podía haber sido de papel pintado, de pega. La Gaceta era real como la Alhóndiga, la de los hombres trasegando vinos o como el puente de Deusto, sus fauces abiertas al paso de los mercantes. Un periódico indómito por sus dimensiones colosales. Quien haya lidiado y finalmente domado una Gaceta del Norte, podría hoy sentarse en la taza del váter y pasar con gracia y donaire las páginas del ABC con su mano izquierda mientras con la derecha compone mensajes de texto a sus amigos:
Hola a todos. Saludos desde el trono. De vez en cuando levanto la vista del ABC y me miro en el espejo pero no consigo ver mi aura a pesar de haberme leído el manual de Mahirishi Dabutevananda y por ello no puedo avanzar más en el tema del que venimos hablando últimamente:el aura y sus lecturas. I miss you.
El periódico de mis sueños, de este sueño, llegaba doblado y cómodamente asentado en el inmenso bolsillo de la gabardina de "El Búfalo" que mi padre se compró en rebajas. Entonces se utilizaba más el término liquidaciones. Sospecho que mi padre había pasado a mayores con ellas y las llamaba, familiarmente, las liquis. Tenía dos gabardinas de las liquis. Una con corte de abrigo, muy simple y otra plagada de hebillas, cinturones, tirantas, solapas y cuellos descomunales, solo aptas para cabezones. Estaban de moda y todos se atrevían con ellas. La Gaceta prefería el bolsillo de ésta. Humphrey Bogart y Robert Mitchum las habían popularizado. Sin embargo no eran exactamente iguales a las de “El Búfalo”. Yo pasaba horas buscando las diferencias. Las de Bilbao no tenían ese desaliño de las películas. Estaban como almidonadas, tiesas, acartonadas, sin ese encanto canalla que tanto nos gusta. Alguna vez me probé la gabardina de mi padre y me sentí muy extraño, alienado, como si estuviera dentro de un traje de buzo tal vez de astronauta. Decía mi madre que eran muy ponibles. Pobrecilla.
Podríamos concluir –porque hay que concluir con este tema - estableciendo un paralelismo fácilmente comprensible: las gabardinas de Humphrey Bogart eran como las Fender y las de El Búfalo como las Jomadi que vendía Jomadi en la Calle Ávila. A buen entendedor…..
Por su parte el Readerdiges o Royerdaiyes o Raiderrider, incluso el Roy Rogers - según que lo pronunciara mi madre, mi padre, el abuelo o mi hermano mayor aficionado a los tebeos de vaqueros - lo traían cada 30 noches unos ángeles del cielo americano, el más azul de los cielos. Entraban por la ventana como lo hacían el Ratón Pérez o Los Reyes Magos, y dejaban la revista en la alcoba matrimonial, adquiriendo ésta unos tonos pastel que yo identificaba como de Houston. Creo que les poníamos unas copitas de Centerario Terry para calentarles el viaje de regreso a sus bases en Arizona, tierra de ovnis donde las haya. Los mensajeros de Eisenhower observadores de la ley seca, dejaban las copas intactas y siempre olvidaban cerrar las ventanas y así, durante el resto de la noche, los visillos flotarían a merced del viento mientras el Reader's Digest, bañado por un rayo de luna, descansaría feliz sobre la cómoda junto a la crema Pons de Día, Pons de Noche y las sortijas episcopales de mi madre.

Me gustaban los consejos de supervivencia que siempre aportaba el RD. Scoutting , trekking y hiking a mansalva. Instrucciones precisas sobre las mil formas de hacer nudos marineros elementales pero capaces de mantener el Titanic amarrado a los bolardos de Santurce a pesar de la galerna o cómo protegerse de los rayos si la tormenta te pillaba en descampado.
¿Perdido en el desierto sin cantimplora? ¿Te vas a preocupar por una nadería como esta? Al contrario, disfruta la aventura. Un plástico transparente extendido sobre la arena - gracias a nosequé efecto de la condensación de micropartículas de vapor de H2o - te proporcionará hectómetros de agua cristalina. En Arizona, sólo los tontos y los marcianos se mueren de sed.
Las ilustraciones al estilo de Norman Rockwell estaban a la altura de las historias. Botes atestados de náufragos capean la tempestad. Unas manos curtidas trenzan mil nudos marineros. Un mal rayo parte en dos a un granjero cuyo parecido con Fidel Castro es extraordinario. En el desierto de Atacama, 50 grados, un desgraciado extiende un plástico sobre la duna, convencido de que pronto se dará un baño.
Continuará

viernes, 13 de enero de 2012

TO BE OR NOT TO BE ES UN POBRE DILEMA


Me he dado un fuerte golpe en la cabeza y he observado, como primer efecto secundario, valga la paradoja, que el nivel de patriotismo en sangre se me ha disparado. Nunca antes había conocido un subidón similar. De momento este amor apasionado parece estar limitado a nuestra querida lengua española. Tal vez en un futuro me convierta en hooligan, quiero decir hincha, de otros productos de la tierra.
Pero vayamos al principio, donde todo empezó, como les gusta decir a los yanquis. La Orbea, la vieja Orbea tantas veces citada en anteriores entradas, se partió víctima de la decrepitud y posiblemente cansada de soportar el peso de mi culo expresado en kilómetros. Rodaba yo suavemente por la pista verde cuando la rueda delantera desapareció de mi vista y de inmediato sentí dos golpes en la cabeza. El primer golpe fue muy seco (brut) y rotundo (toc) . El segundo, el del rebote, resultó más fofo, tontorrón, pero con ese regusto cabroncete del que dice “¿no quieres café? Pues toma dos tazas”. Me habría gustado perder el conocimiento para poder contarlo, como dicen de aquel torero que eyaculó precozmente en los brazos de la Garner sólo porque le urgía contarlo a sus amigotes. Estuve al borde del desmayo y tuve unos segundos de desorientación. Un kao total habría aportado credibilidad y fuerza a la caída. Pero no pudo ser. Tal vez la próxima vez…. Sólo puedo acreditar un ojo morado, un chorretón de sangre en la ceja y una cefalea que se ha empadronado en mi azotea. Justo el inquilino molesto que necesitaba.
Bien, el patriotismo que puedo exhibir frente a, por ejemplo, la pérfida Albión, es de orden lingüístico-deportivo. Es que ganamos por goleada, como me dispongo a defender. En este primer partido, por dos a cero. Repasemos los goles.
Gol número uno: Hamlet se debatía entre dos únicas opciones: to be or not to be. Pues bien,a aquí, en la tierra de María Santísima y también en nuestras antiguas colonias dispondríamos de cuatro posibilidades: ser o no ser más estar o no estar. De modo que si Hamlet hubiese hablado español habría tenido que formular su duda de la siguiente manera: ser o no ser, estar o no estar. Incluso, y si estuviera un poco arrajoiado añadiría otras combinaciones (ser o estar – no ser o sí estar – estar o no ser y así casi hasta el infinito) Ayer, sin ir más lejos, yo era pero no estaba, mejor dicho, estaba en la cama tratando de aliviar la cefalea, que es como no estar, pero sin dejar de ser. ¿Cómo puede expresarse en inglés “no estoy pa’ na’” y sin embargo seguir siendo? De ninguna manera porque los angloparlantes están pillados por el dilema de to be or not to be. En España, por el contrario, no hay dilema y por eso somos más felices y vivimos más años aunque el Alzheimer haga estragos. Aquí se puede to be y not to be simultáneamente y no por ello faltar a la verdad o a la cordura.
Segundo gol: el cielo. Siempre – hasta el golpe doble en la cabeza – me había sentido un tanto acomplejado porque los ingleses tienen dos palabras para referirse al cielo: sky para el firmamento azul y heaven para el paraíso que nos espera a la salida del tanatorio. Nosotros, pobres hispanohablantes, nos tenemos que conformar con la palabra cielo para designar ambas cosas. Así pensaba yo hasta mi caída de la bici. Como dije, tuve unos momentos de desconcierto. Por eso, cuando levanté la cabeza del asfalto y miré hacia arriba pensé: ¡coño¡ el cielo. Ya he llegado. Y me alegré de que el cielo azul de Sevilla y el paraíso fueran una misma cosa. Fue un maravilloso momento de revelación que me gustaría compartir, un aleluya inesperado, chispas que brotan del choque de perdernales.
La foto adjunta es prueba irrefutable de mi tesis. Es la Iglesia del colegio donde fui torturado por aquellos men in black de los sesenta. Quintín Tarentino, años después, haría remakes para niños. Obsérvese el gigantesco fresco policromado tras el altar. La policromía hay que imaginarla porque la foto está en blanco y negro. Vemos al ministro oficiante de espaldas a los feligreses. ¿Para qué iba a mirarlos con el espectáculo que tiene ante sí? Es el cielo azul con sus claros y nubes y en él habitan la Sagrada Familia y muchos santos, ángeles, querubines evangelistas. Y es que el cielo es el cielo y vale para todo: casa de Dios, paseos espaciales, carrusel de satélites, agujeros negros y perros astronautas.
Los ingleses, en un vano afán por distinguir lo que es único e idéntico a sí mismo, se han empeñado en mudar a toda la corte celestial de su cielo azul turquesa, luminoso, alegre y cierto para acomodarlo en un paraíso suburbial invisible, improbable y de casas adosadas. ¿Qué será eso que ellos llaman heaven?
El cielo, amigos y amigas de la Commonwealth, es el cielo que vemos en los días despajados, os pongáis como os pongáis.
He cambiado de bici. Ahora tengo una de esas que llaman “de marchas”… y me he comprado un casco aunque esto me impida perder el sentido o acceder a nuevas revelaciones. ¡¡¡Salud¡¡¡